
Nada existe si no es nombrado. De nosotros emergen las palabras que nos muestran las cosas y las cosas las aprehendemos mediante las palabras. El barro divino del que fuimos hechos no contiene sino la divina materia de lo virtual, esa multitud de discursos que nos conforman y determinan. Quien menosprecia la importancia del lenguaje yerra miserablemente, ignora su propia esencia y se pierde. Existen discursos más o menos premeditados, más menos elaborados, pero ninguno de ellos promete inocencia, pues modelamos y categorizamos nuestra circunstancia mediante palabras.
La elaboración consciente de un discurso puede entrañar más esfuerzo que muchas empresas trabajosas, sobre todo cuando la función a la que se dirige parte de una concepción más o menos universal que desea imponerse a todo discurso contestatario. Es así como se yerguen altivos los monumentos grandiosos y los pantanos cuya metáfora trasciende a la mera obra, al ocultar en su interior los cadáveres que los construyeron en condiciones de esclavitud, ahora más o menos desdibujadas mediante dudosos ejercicios históricos o hilvanes zurcidos con mayor o menor acierto, pero no por ello menos evidentes.
Porque como si de un relato gótico se tratase el fondo transparente del pantano, forzosamente apaciguado y contenido, se revela como ese discurso dominante que oculta los nichos de un discurso acallado con brutalidad. Un silencio que la naturaleza libera cuando con cada estío las aguas en su retroceso exhiben la macabra sintaxis de que se hicieron todas las cosas durante los años en que cualquier ejercicio dialéctico no fue tolerado. Ahora, la naturaleza y el tiempo exigen un diálogo con la Historia que pueda colocar las palabras en su lugar preciso y despojarlas de cualquier ambigüedad delirante con la que puedan perder su significado. Cerrar los ojos a la oscura noche de nuestros tiempos no sólo perpetúa una vergüenza, sino ese aterrador monólogo que como una mancha de aceite flota impertérrito en las aguas de cualquier pantano maldito.
miércoles, 26 de diciembre de 2007
El murmullo del agua
miércoles, 31 de octubre de 2007
Bilbao en el The New York Times

Para leer el artículo original publicado el 23 de septiembre en el periódico The New York Times, pincha aquí: Bilbao, 10 Years Later
Amo a Bilbao. La amo como quien ama no por primera vez, sino como quien ya amó un centenar, harta de experiencia y ducha en romances de todo tipo, virginales y trágicos, melosos y pueriles, obscenos e incautos, perros y condenadamente amargos. Amo como quien se dice marinero de tierra adentro acodado en una taberna, incapaz de olvidar. Quien ama así sabe a lo que se atiene, más o menos.
A Bilbao no le agradan los amantes dóciles que la atisban con miradas de línea recta, que la interpretan cabalmente, literalmente. Bilbao es una ciudad que sale como arrancada de las entrañas de la tierra; siempre fue dos cosas: unos infiernos hondos en la niebla, según Blas de Otero, y devocionarios. Más devocionarios. Libros de misa. Tules. Velos. Velas. También según el propio Blas.
La historia de Bilbao y su peculiar carácter sólo pueden entenderse a través de su pasado obrero y burgués. A través de la cotidiana convivencia de los bilbainos de raigambre y aquellos que siempre vienen de fuera. Y sólo puede vislumbrarse al comprender la rutina persistente y húmeda con que la fe alcanza tanto a piadosos como a revolucionarios. Por eso los lavados de cara, la sustitución de las moles industriales por pisos de lujo o por recordatorios naïf de un pasado que ahora se mira con el barniz de lo mítico, a Bilbao le son indiferentes (llámese chimenea de Etxebarria, Palacio Euskalduna o grúa elevada a la categoría de pieza artística. Por cierto, a ver qué niño es capaz de confrontar su mirada con la que guarda la narradora aquí presente de sus años más tiernos, al mirar ambos esa chimenea, ese Palacio o esa grúa, espacios carentes ya de su propio significado, trasmutados a un estado bien diferente al relacionarlos con el puro goce estético y la rememoración de un pasado histórico, ya desconocido y definitivamente perdido para las presentes generaciones). Y a Bilbao le son indiferentes porque a fin de cuentas los edificios tan sólo son materia efímera y Bilbao es otra cosa, y es ese otro Bilbao el que el articulista del The New York Times no ha sabido interpretar, aunque sí retratar.
Yo echo de menos el Bilbao de Altos Hornos, de los edificios con moho y las esquinas mugrientas. Hecho de menos el camino serpenteante de los obreros, a las seis de la mañana con la bolsita del bocadillo y una pieza de fruta, camino de la fábrica; a las once de la noche, el camino recto a casa, con la sombra preludiando esa alquimia castiza y etílica de sudor y txikito barato. La nostalgia me sobreviene al recordar los días lluviosos y grises, ahora desde el Guggenheim, más predefinidamente coloridos, hasta tal punto sucumbimos al diseño y al estilo.
Y sin embargo, pese a todo, parece que Bilbao mantiene intacto un noséqué muy suyo. Pues efectivamente, pretendemos un cosmopolitismo del que carecemos, nos erigimos en vanguardia del mundo, pero hacemos de los zurullos caninos en nuestras aceras parte integrante e integrada de nuestra ciudad. Y lo mismo ocurre con la orina, la cerveza y las vomitonas del fin de semana.
Los bilbainos amamos nuestra ciudad, y la aborrecemos, y eso sí que es algo histórico amén de mítico. Lo hacemos a partes iguales y con la misma fuerza con que los txikiteros del pasado, (pues son ya especie en vías de extinción) cantaban en la taberna, con la devoción con la que siempre gritó el socio del Athletic y con la mala hostia con que los viejos siempre escupieron nuestras calles, podridos los pulmones de tabaco y polución. Siempre abundó esa especie de trasnochador noctámbulo, acunado por el vino y hoy también consumidor de porros. Quizás porque Bilbao siempre fue y es un lugar del que huir y al que siempre se anhela regresar. Esa mala mujer, aquel mal trago que no se olvida...
La precisa y rápida radiografía del periodista estadounidense carece, sin duda, de ciertas referencias, pese a su acierto inmediato. Es esta inmediatez la que me provoca un pudor que me sobreviene cuando pienso en los ojos del mundo detenidos en mi Bochito, que ha quedado gracias al artículo de The New York Times casi, como quien diría, en pelotas. Y si bien el autor pretendió una crítica negativa a través del dardo en el emblema del actual Bilbao, el efecto de dicha crítica se diluye a ojos de bilbaino. No por tradicional orgullo, que el orgullo de nuestras gentes también hay que entenderlo, cosa nada fácil, sino porque nos descubre la verdad, al verla a través de la perspectiva del foráneo.
En definitiva, así como en el cuento del traje del emperador la inocente interpretación literal, que de la realidad hace un niño, nos descubre la desnudez imperial, redescubrimos y recuperamos nosotros a través de este artículo, para fortuna de nostálgicos, ese Bilbao de veras y de siempre, el que nos sobrevive y al que en vano creemos trascender.
martes, 26 de junio de 2007
yo para ser feliz quiero... ser como Naomi
La verdad. Yo siempre fui muy bajita. Demasiado bajita, en realidad. A eso habría que unirle el hecho de que mi nariz es excesivamente, cómo lo diría yo...espatarrancada, vamos, muy ancha. Si echo mano de la memoria, recuerdo que durante un tiempo me obsesionó la forma de mis muslos: demasiado redonda. Miro las piernas de Naomi Campbell y no son así. Los míos son redonditos, y muy anchos. Se ve claramente que hay diferencia entre la rodilla y mis muslos. Además, están blanditos y al moverme se balancean un poco, es muy leve, ya sé, pero si te fijas muy bien los verás bailotear. Mi madre dice que Naomi es muy alta, que no come y que se mata a hacer ejercicio con entrenadores personales que cobran un pastón. Ya. Bueno. Y qué. El problema no es Naomi sino yo. La otra cosa de mi cuerpo que no me gusta es la barriga. Yo no sé por qué, pero cuando como, bueno, me sale un barrigón tremendo. Es un problema, eso y los michelines que marca el sujetador, porque me encantan las camisetas de licra bien ajustada y, claro, así no se ven más que morcillas. Pero ahora estoy encantada. Por primera vez, tengo esperanzas de tener un cuerpo 10. Y el programa de la tele me ha convencido. Sé que hay gente que no está de acuerdo (entre ellos el defensor del pueblo, que ha pedido su retirada), pero los médicos especialistas han declarado que todo está normal y que los médicos que salen son maravillosos y muy buenos. Así que, tras pedir un préstamo de 60 años para pagar mi pisito de 15 metros cuadrados (pero muy mono), voy a pedir otro para hacer lo que en su día hizo la Cher o el Michael Jackson o la Pamela Anderson. Creo que no seré la única en animarme, a tenor de lo que muestran los medidores de audiencia. A lo mejor por eso los médicos que lo avalan están tan seguros y muy contentos. De hecho, ellos también deberían operarse así todos seremos tan guapos, tan perfectos y, sobre todo, tan felices y tan idiotas.
domingo, 10 de junio de 2007
Statu quo
Por rutina perdí amigos. Por la rutina mi media naranja hizo las maletas y me dejó colgada. El Imperio Romano se cayó de pura monotonía. La rutina siempre me ofrece un fin de semana y otro que se repiten desfacellidos, cansados, con el tiempo que va cerrando sus puertas una a una con promesas sospechosas: la comodidad de lo ya conocido, la ausencia de lo arriesgado, la plácida pereza que nos conduce a trillar por el mismo camino. Romper la rutina es siempre per se un punto de inflexión. Exige un rebelarse contra uno mismo, audacia, inteligencia, valor. Exige inventar, exige pensar, exige un arriesgarse ante lo nuevo, amor, generosidad. Y exige un compromiso. Y es que la rutina televisiva sólo puede conducirnos a la paz del sillón, a la seguridad de lo malo conocido, a la obesidad de quien engulle bulímicamente una cultura y un pensamiento precocinado y calentado apresuradamente en el microondas. Hay muchas cosas que un ser humano puede hacer a lo largo de su vida, unas más gloriosas que otras, más altruistas o voraces, más conformistas o rebeldes; todas ellas quedarán como el aceite sobre el agua, como un barniz reseco, si no se acomete la empresa fundamental: romper con el hastío, esa Calipso astuta, fiel y melosa que nos impide desperezarnos, levantarnos, mirar por la ventana y salir fuera.
domingo, 18 de febrero de 2007
La misma lluvia
Hace algo así como veinte años que tropezamos al doblar una esquina lúgubre de espacio estrecho y paredes húmedas. Y aunque el tiempo haya pasado, fíjate que esa encrucijada de destinos la tengo marcada con una crucecita en el calendario de mis primaveras. Que entre lunas y soles te encuentre de pascuas a ramos parece un milagro que irrumpe en mi rutina como los truenos que anuncian la misma lluvia, el mismo tiempo. El regreso a casa me exige la confrontación con mi alma en el fondo de la maleta y la resignación de unos ojos, que me saludan desde el fondo de un espejo veinte años cansado. Recolocar cada cosa en su lugar preciso obliga a emprender un acto heroico de memoria que casi siempre termina en esa misma esquina, marcadita con la cruz. Tú no te puedes morir. Eso sólo se le permite a los seres vivos. Lo sé porque lo aprendí de bien niña, cuando aún no conocía las bifurcaciones que se encuentran y se separan en las esquinas. Y porque tú no te puedes morir la lógica del tiempo transcurre en tus ojos de manera inversa a la mía. Siempre soñé vaticinios que lo anunciaban en el viento, pero nunca hasta hoy se produjo la sorpresa de encontrarte esta vez tú más joven y yo tan vieja.