
Para leer el artículo original publicado el 23 de septiembre en el periódico The New York Times, pincha aquí: Bilbao, 10 Years Later
Amo a Bilbao. La amo como quien ama no por primera vez, sino como quien ya amó un centenar, harta de experiencia y ducha en romances de todo tipo, virginales y trágicos, melosos y pueriles, obscenos e incautos, perros y condenadamente amargos. Amo como quien se dice marinero de tierra adentro acodado en una taberna, incapaz de olvidar. Quien ama así sabe a lo que se atiene, más o menos.
A Bilbao no le agradan los amantes dóciles que la atisban con miradas de línea recta, que la interpretan cabalmente, literalmente. Bilbao es una ciudad que sale como arrancada de las entrañas de la tierra; siempre fue dos cosas: unos infiernos hondos en la niebla, según Blas de Otero, y devocionarios. Más devocionarios. Libros de misa. Tules. Velos. Velas. También según el propio Blas.
La historia de Bilbao y su peculiar carácter sólo pueden entenderse a través de su pasado obrero y burgués. A través de la cotidiana convivencia de los bilbainos de raigambre y aquellos que siempre vienen de fuera. Y sólo puede vislumbrarse al comprender la rutina persistente y húmeda con que la fe alcanza tanto a piadosos como a revolucionarios. Por eso los lavados de cara, la sustitución de las moles industriales por pisos de lujo o por recordatorios naïf de un pasado que ahora se mira con el barniz de lo mítico, a Bilbao le son indiferentes (llámese chimenea de Etxebarria, Palacio Euskalduna o grúa elevada a la categoría de pieza artística. Por cierto, a ver qué niño es capaz de confrontar su mirada con la que guarda la narradora aquí presente de sus años más tiernos, al mirar ambos esa chimenea, ese Palacio o esa grúa, espacios carentes ya de su propio significado, trasmutados a un estado bien diferente al relacionarlos con el puro goce estético y la rememoración de un pasado histórico, ya desconocido y definitivamente perdido para las presentes generaciones). Y a Bilbao le son indiferentes porque a fin de cuentas los edificios tan sólo son materia efímera y Bilbao es otra cosa, y es ese otro Bilbao el que el articulista del The New York Times no ha sabido interpretar, aunque sí retratar.
Yo echo de menos el Bilbao de Altos Hornos, de los edificios con moho y las esquinas mugrientas. Hecho de menos el camino serpenteante de los obreros, a las seis de la mañana con la bolsita del bocadillo y una pieza de fruta, camino de la fábrica; a las once de la noche, el camino recto a casa, con la sombra preludiando esa alquimia castiza y etílica de sudor y txikito barato. La nostalgia me sobreviene al recordar los días lluviosos y grises, ahora desde el Guggenheim, más predefinidamente coloridos, hasta tal punto sucumbimos al diseño y al estilo.
Y sin embargo, pese a todo, parece que Bilbao mantiene intacto un noséqué muy suyo. Pues efectivamente, pretendemos un cosmopolitismo del que carecemos, nos erigimos en vanguardia del mundo, pero hacemos de los zurullos caninos en nuestras aceras parte integrante e integrada de nuestra ciudad. Y lo mismo ocurre con la orina, la cerveza y las vomitonas del fin de semana.
Los bilbainos amamos nuestra ciudad, y la aborrecemos, y eso sí que es algo histórico amén de mítico. Lo hacemos a partes iguales y con la misma fuerza con que los txikiteros del pasado, (pues son ya especie en vías de extinción) cantaban en la taberna, con la devoción con la que siempre gritó el socio del Athletic y con la mala hostia con que los viejos siempre escupieron nuestras calles, podridos los pulmones de tabaco y polución. Siempre abundó esa especie de trasnochador noctámbulo, acunado por el vino y hoy también consumidor de porros. Quizás porque Bilbao siempre fue y es un lugar del que huir y al que siempre se anhela regresar. Esa mala mujer, aquel mal trago que no se olvida...
La precisa y rápida radiografía del periodista estadounidense carece, sin duda, de ciertas referencias, pese a su acierto inmediato. Es esta inmediatez la que me provoca un pudor que me sobreviene cuando pienso en los ojos del mundo detenidos en mi Bochito, que ha quedado gracias al artículo de The New York Times casi, como quien diría, en pelotas. Y si bien el autor pretendió una crítica negativa a través del dardo en el emblema del actual Bilbao, el efecto de dicha crítica se diluye a ojos de bilbaino. No por tradicional orgullo, que el orgullo de nuestras gentes también hay que entenderlo, cosa nada fácil, sino porque nos descubre la verdad, al verla a través de la perspectiva del foráneo.
En definitiva, así como en el cuento del traje del emperador la inocente interpretación literal, que de la realidad hace un niño, nos descubre la desnudez imperial, redescubrimos y recuperamos nosotros a través de este artículo, para fortuna de nostálgicos, ese Bilbao de veras y de siempre, el que nos sobrevive y al que en vano creemos trascender.
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