Que me perdone Rober por apropiarme de sus fotos para hacer esta cosita con que recordar la noche de "un mensaje en la botella". Rilke, Celan, Poe, y lo que cada uno aportó buenamente. Fueron muchos los mensajes que salieron de sus respectivas botellas, a cada cual más inquietante, misterioso, enigmático. Qué decir de las profecías de Lourdes, por ejemplo...Que no llegaron sino bien entrada la madrugada y con ayuda de los dioses...En fin, encuentro cultural, idiomático, narrativo, poético, musical, lúdico y hasta digital. Dejo aquí el maremagnum de imágenes en una noche de cierta asfixia asmática con recompensa: la de la buena compañía. Cómo no, ya que entre mis obsesiones de los últios días está Arvo Pärt, pues qué mejor que el Magnificat para acompañarlas.
sábado, 12 de diciembre de 2009
Mensaje en una botella (encuentro del mes)
domingo, 1 de noviembre de 2009
saudade do mar...e de pessoa
Sossegadamente fitemos o seu curso e aprendamos
Que a vida passa, e não estamos de mãos enlaçadas.
(Enlacemos as mãos.)
Depois pensemos, crianças adultas, que a vida
Passa e não fica, nada deixa e nunca regressa,
Vai para um mar muito longe, para ao pé do Fado,
Mais longe que os deuses.
Desenlacemos as mãos, porque não vale a pena cansarmo-nos.
Quer gozemos, quer nao gozemos, passamos como o rio.
Mais vale saber passar silenciosamente
E sem desassosegos grandes.
Sem amores, nem ódios, nem paixões que levantam a voz,
Nem invejas que dão movimento demais aos olhos,
Nem cuidados, porque se os tivesse o rio sempre correria,
E sempre iria ter ao mar.
Amemo-nos tranquilamente, pensando que podiamos,
Se quiséssemos, trocar beijos e abraços e carícias,
Mas que mais vale estarmos sentados ao pé um do outro
Ouvindo correr o rio e vendo-o.
Colhamos flores, pega tu nelas e deixa-as
No colo, e que o seu perfume suavize o momento -
Este momento em que sossegadamente nao cremos em nada,
Pagãos inocentes da decadência.
Ao menos, se for sombra antes, lembrar-te-as de mim depois
Sem que a minha lembrança te arda ou te fira ou te mova,
Porque nunca enlaçamos as mãos, nem nos beijamos
Nem fomos mais do que crianças.
E se antes do que eu levares o óbolo ao barqueiro sombrio,
Eu nada terei que sofrer ao lembrar-me de ti.
Ser-me-ás suave à memória lembrando-te assim - à beira-rio,
Pagã triste e com flores no regaço.
Ricardo Reis, 12-6-1914
Time Lapse Round One from Sean Stiegemeier on Vimeo.
jueves, 1 de octubre de 2009
el árbol más grande
National Geographic dedica su número de Octubre al trabajo realizado por el fotógrafo Nick Nichols. Durante un año trabajó con todo un equipo para conseguir fotografiar un redwood en toda su altura, en California. No me lo pienso perder. De momento, aquí va el vídeo promocional.
domingo, 30 de agosto de 2009
ponyo en el acantilado
Bueno, pues no es habitual. Pero voy a recomendar algunas películas. Hoy le toca a Ponyo en el acantilado, de Miyazaki. Véase al vídeo de aquí debajo, en HQ, es decir, en alta calidad, merece la pena.
Lo cierto es que sin ser una fan, fan de Studio Ghibli no me siento capaz de dar una crítica negativa sobre ninguna de sus películas (aunque esto lo escribo mientras me abrazo a mi peluche de Totoro...). No es únicamente la calidad del dibujo, al margen de haber crecido entre Heidis, Marcos y Candys diversas, lo cierto es que los dibujos son buenos, tanto, que uno ni siquiera llega a acordarse de la existencia inmisericordiosa de las dichosas (y carentes de alma) 3D. Pero si hay algo que me gusta de Miyazaki es que siempre tiene una buena historia que contar, algo que echo de menos en el cine con bastante frecuencia.
Ni tiene lo empalagoso de las princesas algodonosas y sosas con que cada Navidad se nos trufan los cines, ni las tramas, vocabularios y guiños propios de lo que en realidad no son películas infantiles, sino filmes escritos para los padres que llevan a los niños al cine.Creo que quedan pocas personas que entiendan bien la psicología infantil y quizás una de esas personas sea Miyazaki. Historias en las que los niños son los protagonistas, con historias verosímiles que acaban por integrar la magia y la fantasía como si realmente el mundo fuese un universo de realismo mágico, en el que todo sucede con total naturalidad.
Y eso es lo que más sorprende a un adulto ya harto de prever desarrollos basados en enfrentamientos violentos entre el bien y el mal (algo que se da en películas infantiles, pero también juveniles y adultas, como si los occidentales hubiésemos perdido la capacidad de imaginar, diseñando y creando esquemas prefabricados que, bien aburridos, se repiten y se calcan, agotando géneros y hasta la paciencia del espectador). Todo lo que creemos saber y prever acaba por ser una sorpresa con Miyazaki. Quizás algunas otras películas suyas sean más adecuadas para un público más crecido (como El viaje de Chihiro o Niki aprendiz de bruja).
Pero esta de Ponyo resulta una maravilla de veras adecuada para niños y para adultos que desean sentirse como niños (un poco lo que sucede con la preciosa y clásica Mi vecino Totoro).
El mayor de los placeres lo experimenta el espectador cuando descubre, en esa pequeña niña-pez, una sirenita en la que cualquier resto de dramatismo nórdico andersseniano desaparece para darnos una suerte de justicia poética, delicada y suave. Así es Miyazaki, capaz de aludir en su banda sonora a las Walkirias de Wagner para acabar creando otra cosa totalmente distinta, equilibrada y novedosa, tierna y comprometida. Esa capacidad de contar y la belleza de sus dibujos son la grandeza de Miyazaki, en estos tiempos de gran precariedad...Una preciosa película en la que la naturaleza literalmente cobra vida y nos recuerda que todo en esta madre Gaia está unido, concatenado, desde las piedras y el océano hasta lo que ocurre sin explicación. Un sueño para este verano.
miércoles, 5 de agosto de 2009
El cordón mágico de Melibea
Pues señor, había una vez una jovencísima doncella que parecía resistirse a los encantos de cierto mancebo abundante en ardores, mas no en ingenio. Aconsejado por sus buenos criados, el patoso patán acudió a la ayuda de una hechicera, la cual, con más ardides que ungüentos, lió a la paloma esquiva, para que se uniera a su galán.
Hablamos de Melibea. Y del hechizo o los hechizos de Celestina.
La crítica se divide en si, efectivamente, existe la magia en Celestina o no. Si verdaderamente, las serpientes que le azotan en el vientre a la virgen Melibea, cuando piensa en Calisto, son fruto de los conjuros y las invocaciones a Plutón o, si por el contrario, todo obedece al incremento hormonal propio de la adolescencia y las argucias de la vieja alcahueta. En este sentido se ha hablado mucho del famoso cordón de Melibea. Ese cordón que ciñe su tierno talle, a modo de cinturón, y que la vieja le pide como ofrenda para curar a Calisto "de un dolor de muelas" (nótese la distancia que media entre la cintura de Melibea y las muelas de Calisto, para figurarnos ese dolor que no le cesa al muchacho).
Existen estudios bien elaborados al respecto, que aportan fuentes clásicas, que demuestran la existencia de las prácticas de magia en la época de la Celestina, como también existen trabajos que, claramente, demuestran lo contrario. Que Rojas documentaba, pero que no creía en la magia. Y están también los más avezados, de carácter ecléctico, que ni se posicionan a favor de uno ni de otro bando.
Yo sí creo que existe magia en la Celestina. Aunque también creo que los conjuros pueden formularse con menos rituales y etiquetas, pero con mayor eficacia. El lector concentra su mirada en el conjuro que Celestina le lanza a Plutón, al final del tercer acto, justo cuando va a la casa de Melibea a pedirle dos cosas: una oración por Calisto, enfermo de un dolor de muelas, y el cordón que le ciñe la cintura, a modo de objeto santo y curativo. Y parece que con eso ya está todo dicho y hecho. La magia y la apariencia de la magia.
Lo cierto es que Calisto ya le había dado la lata a Melibea. Directamente. Algo así como si en una noche de agosto un tipo se le acerca a una y sin mediar un "estudias o trabajas, mona", te salta con eso del revolcón. Por supuesto, esto último puede ser tanto ameno como divertido, pero habrá doncellas que todavía hoy le suelten al sujeto un improperio o hasta un soplamocos. Hablando claramente. Calisto se había pasado cien pueblos con Melibea. "Las cosas así no se hacen", debiera haberle dicho ella.
Pero llega Celestina a su casa. A la de la intachable familia de Melibea. Y con la fama que le precede (que no era precisamente la de una buena vecina), no sólo su atontada madre la deja entrar, sino que, además, Melibea le sigue el juego con una actitud que los americanos calificarían de "nice". Sonrisita amable, y un montón de necedades aparentes del tipo de: "pero qué buena persona que eres vecina, cuánto tiempo ha pasado desde que nos vimos la última vez", y a todo eso le sigue un: "en qué te puedo ayudar", que más parece lo contrario: " a ver en qué me puedes ayudar tú a mí.
A mí ese diálogo insípido pero no exento de gracias entre Celestina y Melibea siempre me ha parecido una impostura fingida de la niña. Vamos, que a mí Melibea me pareció siempre menos pavisosa de lo que a primera vista se la ve. Y lo que sí es un prodigio de ocurrencia es la demanda o petición de Celestina (Plutón mediante con toda su cohorte de diablos y fantasmas, o no). Pero también la astucia de la mocosa.
Sí hay magia. La magia está en ese cordón. El cordón que manoserá Calisto hasta el baboseo. Pero no porque haya un hechizo o no exactamente el hechizo que se pretende. El hechizo de Celestina no consiste en untar cosas, objetos o deseos en el aire con sangre de aves nocturnas o con la ponzoña de las víboras, sino sus palabras. Lo que demanda Celestina de Plutón es retórico, como retórica (pero hueca) es la que le hace pedirle a Melibea la oración a Santa Apolonia para las muelas de Calisto (también otra retórica), y el cordón.
La magia es intuir el deseo no expresado y procurar el cauce. A Melibea no se la podía ir con un "vente conmigo a la cama, chica, que quiero llevarte al huerto". A Melibea había que atajarla de otra manera. Para eso era ella de una casta superior, de un linaje sin tacha, y no una aldeana ligera de cascos.
Cuando Melibea le entrega el cordón a Celestina (la oración necesita escribirla, se la dará al día siguiente), Celestina sabe que ha ganado la partida. Sabe que Melibea cederá a Calisto, pese a su furia y rechazo iniciales. Pero Melibea también. De ahí que le pida volver a por la oración "secretamente". Sorprende esta reacción de Melibea. La petición de que Celestina venga a por algo tan inocente, en secreto, y en esto también repara, y no sin sorpresa, Lucrecia, la criada.
Melibea adopta una actitud exagerada. Había reaccionado airada al saber que Celestina venía en nombre de "ese plomo de Calisto". Pero ahora, por aquello de las muelas, pobrecito. Qué mala había sido. Qué equivocada estaba al creer que la vieja alcahueta venía con otra intención que la de pedir ayuda por el "enfermo". Tan culpable se siente, la pobrecita, que está dispuesta a hacer más por el doliente "si fuere mester, en pago de lo ocurrido".
Sí hay magia, sin duda. La magia de la palabra y de la imagen. Dos mujeres acuerdan el destino de otra mediante los preámbulos retóricos que, por tiempo y clase social, deben formularse. Magia la hay, por supuesto, en el objeto. Melibea, al entregar su cordón pierde, literalmente, su virginidad.
miércoles, 15 de julio de 2009
Tragicomedia erótica o fabula moral de Celestina
"Divino si encubriera más lo humano" Cervantes.
A ningún crítico le extraña ya que a La Celestina se la califique como obra erótica. Y, sin embargo, creo que pocas veces la he estudiado desde esa perspectiva en la escuela, el instituto, la universidad, donde se tiende a resaltar más centradas lo novedoso de lo urbano, lo picaresco, el tema de los conversos, la ambiguedad genérica, etc.
En la introducción hecha por Stephen Gilman a la edición de Dorothy S. Severin (por cierto, nombrada recientemente miembro honorario de la RAE), se nos explica que el desarrollo más completo como personaje de la vieja alcahueta provocó que, popularmente, se trocara el título original por el actual de La Celestina. Y me pregunto si este mero hecho ha podido tener consecuencias en la recepción de la obra.
Lo cierto es que el título de un libro ya le orienta a uno hacia algo. Y la vieja Celestina concentra en sí todas y cada una de las características propias de un antihéroe. Vieja, fea, puta en sus buenos tiempos, alcahueta, mentirosa, chismosa, manipuladora y, sobre todas las otras cosas, bruja. Visto así, no puede sorprendernos el trágico final de esa pareja de gorriones de campanario que son Calisto y Melibea. ¿Qué podía esperarse de unos amores que se dejaron llevar por semejante mujer? Ya lo dice Rojas, el autor, en su prólogo: que la obra está escrita para advertir de a dónde pueden conducir los amores desenfrenados y el dejarse engañar por las malas artes de las alcahuetas.
Pero entonces ¿por qué Rojas no tituló la obra con el nombre de su personaje más ilustre? ¿Por qué decidió dirigir nuestra atención a los jóvenes amantes con el ambiguo título de Tragicomedia de Calisto y Melibea? Hoy me propongo dos cosas. La primera, reflexionar sobre este asunto del título y el enfoque de una lectura alternativa, diferente. Y la segunda, una disquisión sobre el cordón de Melibea.
Lo cierto es que todo cambia si desviamos el foco de atención hacia la pareja de amantes, tal y como propone Rojas desde ese título original. Pues nos conduce al hecho de que lo que impulsa a Calisto hacia Melibea y vicerversa no es otra cosa que l'amour fou, vamos, lo que comúmmente se conoce como un calentón primaveral. Es muy obvio desde las primeras páginas en que Calisto, al describir la belleza de Melibea a su criado dice: "el pecho alto; la redondeza y forma de las pequeñas tetas, ¿quién te la podría figurar? Que se despereza el hombre cuando las mira." Mucho se ha debatido acerca de porqué no se plantea el asunto del matrimonio entre los dos amantes, ya que casándose quedaría resuelto el tema de la furtividad de sus amores y se esquivaría la tragedia. Yo también creo, como Gilman, que a Rojas esto no le interesaba destacarlo, pero no porque no le preocupara en sí, sino todo lo contrario. Quizás ninguno de los dos personajes lo menciona porque en ningún caso era ése el destino de su amor, es decir, que no tenían ninguna intención de casarse desde el principio. Visto así, La Celestina sería una de esas obras en las que, por raro que parezca, se exhibe sin tapujos el deseo del amor libre.
Glman en su interpretación de la obra aduce el accidente como causa de las muertes de los protagonistas y excluye la existencia de un destino o fatum. Es posible que tenga razón. Rojas, exiliado social en su propia tierra, dada su condición de judío converso, estaría mostrando los defectos y pecados de una sociedad corrompida. Quizás, por tanto, la metáfora que define a la novela no sea otra que la del "error", "la torpeza", de ahí que el amor desenfrenado de Calisto y Melibea sea un error, tal y como parece querer justificar el autor. Como torpeza es el traspiés de Calisto en la escalinata y su caída al vacío. Sin embargo, el hecho de centrar toda la atención del título en la vieja Celestina nos conduce a una interpretación muy diferente.
Para empezar, el lector tiende ya a observar el mundo a través de ella, con lo que la evidente carga erótica disminuye en intensidad. Por otra parte, la propia Celestina es más susceptible de suscitar una reprobación de tipo moral: es vieja, fea, mala, pícara, astuta... No sé si desde esta lectura es posible eliminar la existencia de un fatum. Y ese fatum simpre beneficia, sin duda, a quien condena.
En fin, quizás deberíamos retomar el título que Rojas dio a su obrita, y darnos la oportunidad de realizar otro tipo de lecturas. Por hoy, basta. Dejamos abonado el terreno para, en un próximo post, meternos en el polémico asunto del cordón de Melibea. Con un verano calentito, vayan preparándose señores para leer sobre chicas descontroladas y atuendos mágicos.
sábado, 11 de julio de 2009
Por la presente, Lázaro de Tormes le escribe a Vuesa Merced, con motivo de un caso de... cuernos.
"Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite." (El Lazarillo de Tormes, Anónimo).
Así pues, tal y como pregona el anónimo autor de El Lazarillo de Tormes, acérquense a escuchar, pues la cosa tiene miga. La historia que comienza tras el prólogo promete cosillas nunca antes conocidas, así que, aquí este pregonero adelanta que hará de todos público, a grandes voces, extremos escándalosos sin cuenta que a todos gustarán enormemente... Me río yo del Tomate y de la Salsa Rosa, que pasarán, como todo pasa, por lo efímero del televisor. Pero oiga bien. Esto que aquí se va a contar, es algo como ni se imagina. Y atienda más: será tan gordo que hasta el mismo autor borrará sus huellas y se esconderá tras el tupido velo del tiempo. Así 500 años pasen. Así que se escriban todas las tesis doctorales del mundo y se tiren abajo todas las paredes de las casas extremeñas, en busca de legajos perdidos que arrojen cualquier tipo de luz, incluyendo la de tugsteno.
Los escándalos se dan en este librito (que tiene visos de carta, pero de carta bomba) ya desde el prólogo en sí. Y se prolongan a lo largo de las páginas, que no son muchas, pero que cunden como si fueran el triple.
Empezamos por el linaje. Lo cierto es que nos podría interesar de dónde viene y cuál es la historia por la que llegó a nuestro planeta el bueno de Supermán. Para eso resulta imprescindible un primer episodio que nos de cuenta de los tristes hechos acacecidos en su lejano planeta Cripton y su adopción en una granja perdida en el interior de los USA por unos granjeros, los Kent. Pero un don Fulanito de Tal y Tal. ¿A quién puede interesarle su historia? Sin duda, a toda una sociedad pendiente de las limpiezas de sangre y los linajes sin tacha, allá por el 1500.
Lázaro de Tormes nos cuenta que nació allá donde prácticamente se le cayó a su madre de la barriga. Que por apellido tomó el nombre del río. Que su padre era un ladrón por cuyo oficio fue mandado a la guerra a luchar contra los moros, donde murió. Y que en el entreacto, su madre tiene relaciones extramaritales con un negro con el que acaba por tener un hijo, hermano de Lázaro. Hablamos de 1515 aproximadamente... Así que es lógico pensar, como se dice en el prólogo, que estas y otras cosas distraigan y entretengan a quienes las oye. Sobre todo si, como ya dijo Lázaro Carreter, muchas de las historias aquí contenidas eran familiares para el vulgo, pues venían de diversos relatos folklóricos.
Prosigamos. Después viene lo del ciego. El vino, los porrazos en la cabeza contra el toro de piedra, en Salamanca. Y a partir de ahí toda una suerte de desventuras, más que aventuras, en que este Lázaro se curte de la forma más cruel al servicio de sus respectivos amos. Palos, azotes, hambre y hasta posibles sodomizaciones dan una precaria imagen pública de este personaje cuyo relato toma forma de autobiografía, pero que, a la vez, contiene un destinatario concreto al margen de la audiencia general, un misterioso "Vuesa Merced", sobre el que, asimismo, tanto se dan de porrazos los críticos por descubrir. Pues ya casi en el final de la obra sabemos que está escrita para alguien que quiere conocer "el caso", que no es sino un asunto de cuernos.
La crítica ha abordado la cuestión desde todos los puntos de vista posibles: desde el lenguaje y el uso del sarcasmo y la ironía. Desde los análisis narrativos con líneas y esquemas que indagan en las relaciones entre ese yo y ese tú que son el protagonista Lázaro y el dichoso "Vuesa Merced", al que se dirige la obra, buscando documentos que aporten cierta información. Por supuesto, no han faltado la búsqueda de fuentes clásicas, ni las asociaciones ideológicas o filosóficas con los más heterodoxos, en concreto, con los erasmistas. Ni las reflexiones de una España retratada ácidamente a través de esos amos: caballeros sin un duro, ciegos que abusan y mienten, frailes que matan de hambre o fornican constantemente, etc.
Y digo yo. Que a falta de documentos, bueno sería el aporte de ingenio. Por ejemplo, imaginemos una ciudad, quizás la misma Salamanca, tan engalanada ella, y tan acostumbrada a los eruditos y sus pullas y lanzas, como a no prestar lo que natura no otorga. Aunque bien pudo ser en Toledo, pues la obra finaliza allí. Lo mismo da. Imaginemos uno de esos rifirrafes entre sesudos intelectuales (recuérdense las archiconocidas peleas entre Quevedo y Góngora, que entre endecasílabos y alejandrinos, encabalgamientos, metáforas, hipérboles, hipérbatos y demás ristra de figurillas, se insultaban despiadadamente con una crudeza que incluso hoy pone los pelos de punta).
Yo me imagino una de estas situaciones en que alguien conoce "el caso". Y que por conocerlo toma ventaja de una situación celestinesca, en que machacar al contrario. Imagino a un hombre escribiendo una novela que no es ni su autobiografía ni la ficción de la misma, ni tan siquiera una falsa biografía que en general pinta un cuadro de costumbres en la España de la picaresca y con tintes erasmistas, como para sanarla de algo de lo que no tiene cura.
Yo ya estoy viendo la mala saña de un tipo que piensa en ese sujeto que es "Vuesa Merced" y que escribe el sarcasmo y el vituperio de la biografía del mismo, en clave de baja estofa, (así como los aficionados al género pastoril inventaban arcadias en que sus propios conocidos, amigos y enemigos, se ocultaban tras personajes vestidos de pastores, tras Rosalindas y Nemorosos).
Y veo incluso al Vuesa Merced sonrojándose mientras, entre líneas, observa que ese ser caído de la barriga de su madre en el Tormes no es sino él mismo, a tenor de ciertos detalles en que los críticos no reparan ni repararán jamás (¿cómo podrían?). Y sobre todo, lo veo caer muerto de indignación al llegar a la última página y descubrir que las "malas lenguas, que nunca faltaron ni faltarán, no nos dejan vivir, diciendo no sé qué y sí sé qué de que ven a mi mujer irle a hacer la cama y guisarle de comer" al señor arcipreste de San Salvador, que para más inri, es amigo amiguísimo de "Vuesa Merced". Y lo peorcito de todo, pues ya en boca de tanta gente anda el chisme: que Lázaro-Vuesa Merced queda como un auténtico idiota al pretender que nadie lo sabe y andar diciendo cosas como: "Mirad, si sois mi amigo al que me hace pesar. Mayormente, si me quieren meter mal con mi mujer, que es la cosa del mundo que yo más quiero y la amo más que a mí, y me hace Dios con ella mil mercedes y más bien que yo merezco. Que yo juraré sobre la hostia consagrada que es tan buena mujer como vive dentro de las puertas de Toledo. Quien otra cosa me dijere, yo me mataré con él. De esta manera no me dicen nada, y yo tengo paz en mi casa". Y eso, a pesar de saber, antes de casarse, que la doña había parido hasta tres veces.
Arrastrado, cornudo y apaleado, para regocijo de masas ávidas de chismes formados a base de encadenamientos folkóricos con los que entretenerse. Si este cuento fuese cierto, y si la biografía de Lázaro de Tormes fuese en realidad una venganza, una más en la tan abundante cantidad de ellas en la obrita; si la tan analizada biografía del Lazarillo fuese, en realidad, un espejo deforme y deformante en que vituperar, enjundiar, difamar e insultar públicamente a ese misterioso Vuesa Merced, entonces, tendría sentido que quien parió semejante artefacto literario se pusiese no sólo a buen recaudo de la Iglesia y las autoridades, cuanto más de quien pudo darse por aludido. Esos 500 años de anonimato encontrarían aquí su plena justificación.
En fin, nada más que una historieta, un cuento al margen de las citas eruditas, un mero devaneo especulativo, una divagación en medio del verano. Un entretenimiento. Pero... ¿Y si fuese verdad?
martes, 7 de julio de 2009
el guisante verde en death valley
Uno de mis blogs favoritos pertenece a un grupo de gente con el que a veces viajo y con los que comparto varias aficiones, como la fotografía, los libros y una entrañable relación de amistad que ya dura...algunos años. Los del guisante verde acaban de publicar el vídeo de uno de esos viajes inolvidables que tan bien plasman luego en sus posts y, con fotos, en su galería de flickr. Como guisante que participa en vuestro proyecto, felicitaciones a los guisantes editores. Y gracias por su publicación. Dejo aquí el vídeo.
lunes, 18 de mayo de 2009
ontología del ser posmoderno: el sujeto y su imagen
Sin embargo, el orden queda restaurado, en la película de Berlanga. Tras el paso del cortejo americano por el pueblo (sin dejar algo más que la indiferencia y el polvo provocado por los rápidos y modernísimos coches Ford), todo vuelve a su lugar y la fiesta flamenca se aletarga en el olvido. Atrás quedan las rejas en que cantar a las mozas, los patios y plazas con fuentes iluminadas, el aire neorromántico de una Andalucía de novelilla folklórica. El aire espartano y austero de Castilla se resuelve (y quizá por eso la película pasara la censura franquista) dejando tras de sí todo un ramillete de enseñanzas acerca de los sueños y la naturaleza humana, en tiempos de precariedad. El cierzo acaba por poner cada cosa en su sitio, y el ser humano, arraigado y reconciliado hasta cierto punto, se une con su propio entorno. Ambos, hombre y tierra, acaban por ser una misma cosa, una única naturaleza.
La diferencia que observo en Baudrillard es, aparentemente, notable. Su teoría acerca de la simulación y los simulacros nos lanza a un mundo inconexo y desarraigado. Un mundo pleno de realidades poliespán, multiplicado por la actuación de los medios de comunicación, principalmente. En el universo posmoderno, según Baudrillard, no habría ya originales ni copias, pues el simulacro anula la diferenciación entre uno y otro.
De nuevo rememoro Bienvenido Mr. Marshall. Y observo que la parábola, y hasta el poliespán de Villar del Río son, ante todo, un discurso político. Villar del Río no es la aldea andaluza que pretende simular, sin embargo tampoco deja de ser la meticulosa construcción, que se pretende mítica, de un pueblo burgalés (aunque la crítica de Berlanga contra la dictadura se esmere por escapar al cliché de una Castilla originaria, germen de lo hispánico). Bienvenido Mr. Marshall nos muestra la poderosa fuerza de la imagen cuando ésta deviene en simulacro, nos lega un sinfin de posibles interpretaciones acerca del filme, al tiempo que nos plantea una duda sobre la naturaleza de la simulación moderna y posmoderna.
En nuestra actualidad plagada de facebooks, twitters, flickrs y blogs (ese increíble y fascinante mundo de la web 2.0); de interacción con imágenes y realidades más o menos numéricas, en términos de audiencia; de derechos de imagen y de imágenes alteradas con photoshop; de mercado de imágenes que duplican y reduplican realidades que mueven montañas, conmueven la fe de los paisanos o remueven las vísceras de los revoltosos; de imágenes, en fin, que acaban por construir realidades poliespán que justifican discursos, ante todo políticos, con que armar la paz o justificar la guerra, o con que resolver cualquier crisis o gestionar a golpe de previsión (especulativa o no) la economía mundial, la conclusión no puede ser más evidente. No hace falta recurrir al ejemplo de los reality shows para concluir que Disneylandia no es el simulacro, sino su puerta de entrada. En realidad, y como en cualquier ficción borgiana, el terror se despliega al descubrirnos en ese hombre de Villar del Río que, bien frente a una exótica reja andaluza, bien trillando en las eras, es de por sí el simulacro.
*
La maravillosa y formidable película Bienvenido Mr. Marshall,de Luís García Berlanga
jueves, 26 de febrero de 2009
En el fondo, mi señor...Yo nunca vi molinos
lunes, 9 de febrero de 2009
Abracadabra
pero sin ser los reyes,
me enseñaron
a ver más allá
de mi nariz.
Por órden
cronológico:
Y; Á y á.
Bastián, ese niño regordete de once años, se adentra en la librería en la que Karl Konrad Koreander conserva el más maravilloso de todos los libros: La historia interminable. Pero la historia, esa sucesión especular de mundos paralelos, comienza ya desde su prólogo (y me atrevo a decir que desde sus tapas).
Hace años tropecé con una antigua versión de la obra de Ende en húngaro y me sorprendió lo que se me antojó un atentado censor contra la libertad literaria. Algún editor celoso de las buenas costumbres y la recta lectura había decidido colocar, en plena era de orbitaciones soviéticas, el cartelito de la tienda de Koreander del revés, es decir, del derecho. Decía literalmente, si no recuerdo mal algo así, y en húngaro, claro: "Antikvárium. Korándi Károly Konrád". Con esa simple manipulación del orden del texto original, el editor, desde mi perspectiva, no sólo insultaba la inteligencia lectora, sino que destruía por completo la esencia del libro.
Años más tarde encontré una edición en Alfaguara cuya portada reproducía el cartel de la peor película jamás concebida para niños, y de nuevo sentí una enorme y penosa frustración. Allá donde voy me encuentro con portadas de mayor o menor originalidad, a cada cual más variopinta, y todas auténticas traiciones al autor, en un libro que sólo puede tener una y sólo una portada posible.
¿Por qué? Quiero decir, ¿por qué lo hacían? ¿Por qué, de hecho, lo hacen?Imaginemos, por un momento, que un día nos tropezamos con un conejo blanco (hecho, sin duda, del todo habitual) que, presuroso e inquieto, corre veloz para no llegar tarde, al tiempo que observa desesperado ese tempus fugit en el movimiento implacable de las manillas de su reloj...
Alicia sigue al conejo y nosotros, los lectores, los perseguimos a ambos a través de sus huellas más visibles, ese rastro construido a partir de un sujeto, un verbo y un predicado. Al principio, nuestros ojos tropiezan, más que ven, con esas pulgas oscuras que son las letras. Leemos. Una "u" con una "n" con una "a" conforman la palabra "una". Y todo es como adentrarse en una cueva desde el exterior soleado: no se ve nada.
Para dejar de "leer" y ver a Alicia y al conejo siempre hace falta un estado transitorio, una suerte de malabarismo mágico que nos haga cruzar el umbral a esa dimensión maravillosa que es la historia, el cuento. Y lo mismo ocurre cuando deseamos volver a nuestra realidad de las cosas tangibles, a menos que, como Julio Cortázar, salgamos del enredo de las frases como del vertiginoso ascenso por una escalera, "con un ligero golpe de talón" que deje personajes y devenires encerrados a cal y canto entre la cubierta frontal y la trasera, enmarañados todos en sus páginas de papel, de las que no se moverán hasta el momento en que abramos el libro.
Con Alicia cruzamos ese umbral entre nuestro mundo y el de lo fántástico a través del agujero por el que descendemos a la madriguera del conejo: "Alicia no sufrió el menor daño, y se levantó de un salto. Miró hacia arriba, pero todo estaba oscuro. Ante ella se abría otro largo pasadizo, y alcanzó a ver en él al Conejo Blanco, que se alejaba a toda prisa" (Alicia en el País de la Maravillas).
Y es que el mundo se vuelve otro cuando lo acariciamos tiernamente con un tradicional y, aparentemente inofensivo, "érase una vez". Esa figurilla retórica nos permite instalar un mundo con leyes propias en que escritor y lector juegan. Y desde este punto de vista hasta Caperucita roja se vuelve un punto subversivo, pues no hay otro ejercicio más libre que el de imaginar.
Bien mirado, el cartel de la librería del viejo Koreander no sólo no está mal puesto, sino que nos advierte de manera explícita a nosotros, los lectores, de las reglas del juego, al tiempo que nos sitúa en la perspectiva correcta, pues quien mira el cartel y lo ve del revés sólo puede estar DENTRO de la tienda de Koreander.
Más adelante, confirmaremos nuestras sospechas al descubrir que nuestro libro, ese objeto físico que apretamos entre nuestras manos es EL LIBRO, claro, siempre y cuando los censores y los editores de turno no se inmiscuyan y rompan la cadena que une a lector y escritor por magia literaria...
Afortunadamente, esta es una historia con final feliz, y un día pude comprobar cómo Alfaguara le devolvía a La historia interminable (y a todos nosotros) su libertad y dignidad de obra literaria, al cambiar el diseño de su cubierta y respetando, así, no los criterios comerciales, sino los suyos propios, los que posee como obra total y completa, desde la tapa hasta la firma del autor, en su última página.
Otro día hablaré más, pues el post se alarga en exceso, y será hermoso descubrir la increíble, pero maravillosa y cierta historia que unió para siempre a Momo y a don Quijote, en medio de una tormenta... Pero esa es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión...
