
Nada existe si no es nombrado. De nosotros emergen las palabras que nos muestran las cosas y las cosas las aprehendemos mediante las palabras. El barro divino del que fuimos hechos no contiene sino la divina materia de lo virtual, esa multitud de discursos que nos conforman y determinan. Quien menosprecia la importancia del lenguaje yerra miserablemente, ignora su propia esencia y se pierde. Existen discursos más o menos premeditados, más menos elaborados, pero ninguno de ellos promete inocencia, pues modelamos y categorizamos nuestra circunstancia mediante palabras.
La elaboración consciente de un discurso puede entrañar más esfuerzo que muchas empresas trabajosas, sobre todo cuando la función a la que se dirige parte de una concepción más o menos universal que desea imponerse a todo discurso contestatario. Es así como se yerguen altivos los monumentos grandiosos y los pantanos cuya metáfora trasciende a la mera obra, al ocultar en su interior los cadáveres que los construyeron en condiciones de esclavitud, ahora más o menos desdibujadas mediante dudosos ejercicios históricos o hilvanes zurcidos con mayor o menor acierto, pero no por ello menos evidentes.
Porque como si de un relato gótico se tratase el fondo transparente del pantano, forzosamente apaciguado y contenido, se revela como ese discurso dominante que oculta los nichos de un discurso acallado con brutalidad. Un silencio que la naturaleza libera cuando con cada estío las aguas en su retroceso exhiben la macabra sintaxis de que se hicieron todas las cosas durante los años en que cualquier ejercicio dialéctico no fue tolerado. Ahora, la naturaleza y el tiempo exigen un diálogo con la Historia que pueda colocar las palabras en su lugar preciso y despojarlas de cualquier ambigüedad delirante con la que puedan perder su significado. Cerrar los ojos a la oscura noche de nuestros tiempos no sólo perpetúa una vergüenza, sino ese aterrador monólogo que como una mancha de aceite flota impertérrito en las aguas de cualquier pantano maldito.
miércoles, 26 de diciembre de 2007
El murmullo del agua
Etiquetas:
crítica,
la monicueva,
mnemonikita,
social
Suscribirse a:
Entradas (Atom)