sábado, 23 de febrero de 2008

las cosas que importan

 
Parece que no, pero hemos cambiado conforme el tiempo pasa. Uno se detiene a veces frente a objetos que le rescatan la memoria desperdigada entre tanta velocidad internáutica o simplemente suburbial. Y es entonces, al confrontar los recuerdos con lo presente cuando se muestran vívidas las diferencias que median entre nosotros y quienes nos precedieron. Todo este preámbulo para algo tan simple como decir que el otro día me acordé de mi abuela. Pero su recuerdo no es uno de esos que le asalta de improviso a uno porque a mi abuela la recuerdo con frecuencia y, sin saber muy por qué esa rememoración más o menos cíclica y cotidiana me confronta con lo actual y es ese acto el que me reconforta.

Si me atengo a las palabras de mi madre, independientemente de las oportunidades que tuviera o no (más bien pocas o ninguna), mi abuela prefirió el monte, al que se echó como una Marcela enamorada, al tiempo que su hermana de ojos azules sí aceptaba ir a la escuela. No me adentraré en detalles que no vienen al caso, pero sí matizaré que su vida fue dura, como la de tantas mujeres que enviudaran con hijos pequeños en la zona de las Encartaciones (en cualquier zona), "cuando la guerra". Malos tiempos en que la Historia nos maltrata y parecería una trivialización insultante de la realidad poder pensar siquiera en literaturas... 
 
Pero pasemos una hoja temporal de muchos años, los suficientes como para que quien narra viniese al mundo. Y como para que aconteciese un milagro cotidiano, un sencillo gesto anecdótico con que el rumbo de una persona queda inscrito. 
 
Con cuatro años la aquí escribiente había sido escolarizada en el parvulario y, debo decir, que pese a los juegos y las películas, así como la nueva estrategia educativa en la nueva España democrática, a mí todo aquello del colegio, francamente, me parecía un rollo soberano (a excepción, por supuesto, del recreo, invento perversamente adulto para recordarnos la distinción entre el ocio y la disciplina). También yo pensaba en el monte, y en eludir cuentas y letras inútiles. 
 
Sin embargo, a los siete años, con una rapidez lectora simplemente modesta y una capacidad de comprensión del texto, también modesta, la magia obró frente al televisor y con mi abuela en su butaca azul cubierta con una suerte de tapete de lana que mi hacendosa prima tejiera. 
Recuerdo exactamente el momento en que aquella tarde, tras la escuela, y tras una de aquellas interrupciones con que los aconteceres políticos nos destrozaban los discurrires argumentales de casi cualquier programa o película, la pantalla quedó monocroma, tan sólo salpicada por una cantidad de caracteres que hoy soy incapaz de precisar en número y que anunciaban algo importante. Sin pensarlo, sin advertirlo, me giré a mi abuela y le dije: "¿Has visto abuela?". Su respuesta fue tan contundente que ya nunca recordé el mensaje. “No”, me dijo. “No comprendo lo que dice, Moni, yo no sé leer.” Mi asombro no tenía límites. Todavía hoy me sobrecoge el poder extraño y maravilloso que entraña eso: saber leer y poder escribir.

lunes, 18 de febrero de 2008

El arte de conmover a las piedras


Un día, hace ya tiempo, me encontré para mi sorpresa agitando palabras dentro de una probeta. Nunca antes hubiera imaginado que tal cosa fuese posible. Aquel semestre largo, interminable diría yo, me lo pasé descubriendo la relación individual de los fonemas con sus fonemas adyacentes, la función de la palabra en cada segmento y su sentido de verdad o falsedad. Para cuando llegué al análisis del discurso me invadía una deprimente nostalgia, sólo comparable a la de los maliciosos fumadores burócratas de traje gris que retratara Michel Ende en su libro Momo. Ahora me dedicaba al ejercicio único e irrepetible de procesar los textos en una operación de reducción al absurdo para llegar a un resultado satisfactorio, lógico. Que nadie se equivoque. Esto que aquí escribo sólo sirve para resaltar la decisiva importancia que la Lingüística encierra como disciplina académica. Lo que ocurre es que algunas cosas no se ciñen a la semántica simple de “verdad”/ “falsedad”. Si todo fuese tan sencillo como posicionarse a uno de los lados de la fuerza (me refiero a la de George Lucas, por supuesto), el mundo carecería de la complejidad y la diversidad que lo hacen único y maravilloso. Sé que mi opinión es un tanto poética, que no se ciñe a lo riguroso (ni siquiera apelo a la Pragmática), que no puede competir con el discurso académico o con aquellos otros tan melosos de retórica ciceroniana, tan propensos a la compunctio cordis de tan bien prefabricados (y que lo mismo sirven hoy para la propaganda electoral que para la publicidad de un refresco). Y aún así, no puedo evitar el presentimiento de que tanto análisis festivo es un tanto reduccionista e interesado. A veces, lo llega a ser tan claramente y precisamente reduccionista que de pura tautología deja de ser científico, académico y riguroso. Es entonces, supongo, cuando los autoritarismos, los racismos, las intolerancias o hasta los miedos a la diversidad cultural se amparan en discursos pseudocientíficos que no son sino retórica hueca dispuesta a sostener todo un engranaje de moda o, simplemente conveniente, en una etapa histórica determinada. El lenguaje también es hijo del tiempo y, como el pensamiento, está sujeto a la levedad de lo circunstancial. Lo que hoy sienta cátedra, al día siguiente se convierte en mofa que a nadie le interesa recordar. Así es nuestro mundo de efímero. Acabé mi semestre de laboratorio con la sensación de que la poesía, con todas sus artimañas, esa mala mujer de la que jamás me fié ni en la que nunca confiaré, siempre será más acertada y exacta. Es la poesía la que en el laboratorio provoca reacciones inesperadas en las palabras, comportamientos de ecuaciones y sistemas inestables, la que es capaz de corporeizar virtualmente el amor, el dolor, la relatividad de lo verdadero y lo falso, la esencia humana. Es la que puede hablar desde su insondable artilugio y dar en el blanco, la que reúne y dispersa discursos anexos o antagónicos. La única capaz de dar cuenta del estado de la cuestión fielmente cuando todo discurso bien formulado y asesorado se cae de pura pretensión alquímica maltrecha. La que da voz a los que siempre permanecen en silencio, siempre al margen.