jueves, 26 de febrero de 2009

En el fondo, mi señor...Yo nunca vi molinos

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"Diez u once niños" se aburrían en una tarde bochornosa y cargada de nubes. Cuando ya estaban por marcharse, a uno de ellos se le ocurrió una idea: "[P]odríamos jugar a que las ruinas son un gran barco, y navegamos por mares desconocidos, y vivimos aventuras. Yo soy el capitán, tú eres el primer oficial, y tú eres un investigador, porque es un viaje de exploración, ¿sabéis? Y los demás sois marineros [...]. Intentaron jugar, pero no conseguían ponerse de acuerdo y el juego no funcionaba. Al rato, todos volvían a estar sentados en las gradas y esperaban. Entonces llegó Momo. La espuma saltaba furiosa cuando cortaba el agua. El buque oceanográfico "Argo" cabeceaba majestuosamente en el oleaje, mientras avanzaba tranquilamente, a toda máquina, por el mar del coral del sur... (Momo).

Mientras Momo y sus amigos luchan contra una medusa gigante en las costas de una isla de cristal, al tiempo que se les acerca el temible y horripilante Tifón Andarín, un hombre de unos cincuenta años, enjuto de rostro y caudales, pero ávido de aventuras, suspira de aburrimiento en algún lugar de La Mancha donde todavía no hay radio, televisión, ni otra cosa en que desplazarse sino los caballos, las mulas y los bueyes. Él no tiene amigos con quienes compartir ese código maravilloso en el que "tú eres Amadís de Gaula, tú Perceval y ella doña Ginebra". Don Quijote no tiene ya edad para andar con semejantes carnavales, como bien diría Torrente Ballester, aunque acabe por encontrar, cual Tom Swayer, a su Huckleberry Finn, ese compañero que, sin comprenderlo al principio, lo sigue por fe y diversión, como añadiría Serrano Plaja, para más tarde seguirlo ya por puro amor. Entender que Don Quijote juega es comenzar la aventura antes ya de leer. Ese día, en que por primera vez exponemos a otros al caballero andante de la triste figura, cruzar el umbral de la puerta en un aula cualquiera no puede ser la acción rutinaria a la que tanto nos hemos acostumbrado. Ese día, antes de leer en el libro la fórmula mágica que es "En un lugar de la Mancha..." Momo debe haber hecho acto de presencia, antes que ninguna otra cosa. Ni el profesor, ni el aula, ni los estudiantes debieran estar ahí, sino los otros, esos que hayamos acordado ser hasta que el grito metálico del timbre nos recuerde que, como en Alicia, acaso todo fuera un sueño.

"Yo no vi diamantes por ninguna parte, y se lo dije así a Tom Sawyer. Me constestó que, aunque yo no los hubiese visto, había cargamentos enteros; y me afirmó que allí estaban también los árabes, los elefantes y todo lo demás. Yo le dije que cómo podía ser que no los hubiéramos visto. Me contestó que, si yo no fuese tan ignorante y hubiese leído un libro que se titula Don Quijote, sabría a qué atenerme sin preguntar nada. Todo aquello era obra de encantamiento. Allí había centenares de soldados, elefantes, un tesoro, y todo lo demás; pero nosotros teníamos unos enemigos, que eran los encantadores, y éstos habían convertido todo aquello en una escuela dominical de párvulos, de pura malquerencia contra nosotros". (Huckleberry Finn).


lunes, 9 de febrero de 2009

Abracadabra

Para aquellos tres
que casi como magos,
pero sin ser los reyes,
me enseñaron
a ver más allá
de mi nariz.
Por órden
cronológico:
Y; Á y á.

"Esta era la inscripción que había en la puerta de cristal de una tiendecita, pero naturalmente sólo se veía así cuando se miraba a la calle, a través del cristal, desde el interior en penumbra. Fuera hacía una mañana fría y gris de noviembre, y llovía a cántaros. Las gotas correteaban por el cristal y sobre las adornadas letras. Lo único que podía verse por la puerta era una pared manchada de lluvia, al otro lado de la calle. La puerta se abrió de pronto con tal violencia que un pequeño racimo de campanillas de latón que colgaba sobre ella, asustado, se puso a repiquetear, sin poder tranquilizarse en un buen rato. El causante del alboroto era un muchacho pequeño y francamente gordo, de unos diez u once años" (Michel Ende, La historia interminable).

Bastián, ese niño regordete de once años, se adentra en la librería en la que Karl Konrad Koreander conserva el más maravilloso de todos los libros:
La historia interminable. Pero la historia, esa sucesión especular de mundos paralelos, comienza ya desde su prólogo (y me atrevo a decir que desde sus tapas).

Hace años tropecé con una antigua versión de la obra de Ende en húngaro y me sorprendió lo que se me antojó un atentado censor contra la libertad literaria. Algún editor celoso de las buenas costumbres y la recta lectura había decidido colocar, en plena era de orbitaciones soviéticas, el cartelito de la tienda de Koreander del revés, es decir,
del derecho. Decía literalmente, si no recuerdo mal algo así, y en húngaro, claro: "Antikvárium. Korándi Károly Konrád". Con esa simple manipulación del orden del texto original, el editor, desde mi perspectiva, no sólo insultaba la inteligencia lectora, sino que destruía por completo la esencia del libro.

Años más tarde encontré una edición en Alfaguara cuya portada reproducía el cartel de la peor película jamás concebida para niños, y de nuevo sentí una enorme y penosa frustración. Allá donde voy me encuentro con portadas de mayor o menor originalidad, a cada cual más variopinta, y todas auténticas traiciones al autor, en un libro que sólo puede tener una y sólo una portada posible.


¿Por qué? Quiero decir, ¿por qué lo hacían? ¿Por qué, de hecho, lo hacen?

Imaginemos, por un momento, que un día nos tropezamos con un conejo blanco (hecho, sin duda, del todo habitual) que, presuroso e inquieto, corre veloz para no llegar tarde, al tiempo que observa desesperado ese
tempus fugit en el movimiento implacable de las manillas de su reloj...

Alicia sigue al conejo y nosotros, los lectores, los perseguimos a ambos a través de sus huellas más visibles, ese rastro construido a partir de un sujeto, un verbo y un predicado. Al principio, nuestros ojos tropiezan, más que ven, con esas pulgas oscuras que son las letras. Leemos. Una "u" con una "n" con una "a" conforman la palabra "una". Y todo es como adentrarse en una cueva desde el exterior soleado: no se ve nada.

Para dejar de "leer" y ver a Alicia y al conejo siempre hace falta un estado transitorio, una suerte de malabarismo mágico que nos haga cruzar el umbral a esa dimensión maravillosa que es la historia, el cuento. Y lo mismo ocurre cuando deseamos volver a nuestra realidad de las cosas tangibles, a menos que, como Julio Cortázar, salgamos del enredo de las frases como del vertiginoso ascenso por una escalera, "con un ligero golpe de talón" que deje personajes y devenires encerrados a cal y canto entre la cubierta frontal y la trasera, enmarañados todos en sus páginas de papel, de las que no se moverán hasta el momento en que abramos el libro.

Con Alicia cruzamos ese umbral entre nuestro mundo y el de lo fántástico a través del agujero por el que descendemos a la madriguera del conejo: "Alicia no sufrió el menor daño, y se levantó de un salto. Miró hacia arriba, pero todo estaba oscuro. Ante ella se abría otro largo pasadizo, y alcanzó a ver en él al Conejo Blanco, que se alejaba a toda prisa" (
Alicia en el País de la Maravillas).

Y es que el mundo se vuelve otro cuando lo acariciamos tiernamente con un tradicional y, aparentemente inofensivo, "érase una vez". Esa figurilla retórica nos permite instalar un mundo con leyes propias en que escritor y lector juegan. Y desde este punto de vista hasta
Caperucita roja se vuelve un punto subversivo, pues no hay otro ejercicio más libre que el de imaginar.

Bien mirado, el cartel de la librería del viejo Koreander no sólo no está mal puesto, sino que nos advierte de manera explícita a nosotros, los lectores, de las reglas del juego, al tiempo que nos sitúa en la perspectiva correcta, pues quien mira el cartel y lo ve del revés sólo puede estar DENTRO de la tienda de Koreander.

Más adelante, confirmaremos nuestras sospechas al descubrir que nuestro libro, ese objeto físico que apretamos entre nuestras manos es EL LIBRO, claro, siempre y cuando los censores y los editores de turno no se inmiscuyan y rompan la cadena que une a lector y escritor por magia literaria...

Afortunadamente, esta es una historia con final feliz, y un día pude comprobar cómo Alfaguara le devolvía a
La historia interminable (y a todos nosotros) su libertad y dignidad de obra literaria, al cambiar el diseño de su cubierta y respetando, así, no los criterios comerciales, sino los suyos propios, los que posee como obra total y completa, desde la tapa hasta la firma del autor, en su última página.
Otro día hablaré más, pues el post se alarga en exceso, y será hermoso descubrir la increíble, pero maravillosa y cierta historia que unió para siempre a Momo y a don Quijote, en medio de una tormenta... Pero esa es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión...