"Diez u once niños" se aburrían en una tarde bochornosa y cargada de nubes. Cuando ya estaban por marcharse, a uno de ellos se le ocurrió una idea: "[P]odríamos jugar a que las ruinas son un gran barco, y navegamos por mares desconocidos, y vivimos aventuras. Yo soy el capitán, tú eres el primer oficial, y tú eres un investigador, porque es un viaje de exploración, ¿sabéis? Y los demás sois marineros [...]. Intentaron jugar, pero no conseguían ponerse de acuerdo y el juego no funcionaba. Al rato, todos volvían a estar sentados en las gradas y esperaban. Entonces llegó Momo. La espuma saltaba furiosa cuando cortaba el agua. El buque oceanográfico "Argo" cabeceaba majestuosamente en el oleaje, mientras avanzaba tranquilamente, a toda máquina, por el mar del coral del sur... (Momo).
Mientras Momo y sus amigos luchan contra una medusa gigante en las costas de una isla de cristal, al tiempo que se les acerca el temible y horripilante Tifón Andarín, un hombre de unos cincuenta años, enjuto de rostro y caudales, pero ávido de aventuras, suspira de aburrimiento en algún lugar de La Mancha donde todavía no hay radio, televisión, ni otra cosa en que desplazarse sino los caballos, las mulas y los bueyes. Él no tiene amigos con quienes compartir ese código maravilloso en el que "tú eres Amadís de Gaula, tú Perceval y ella doña Ginebra". Don Quijote no tiene ya edad para andar con semejantes carnavales, como bien diría Torrente Ballester, aunque acabe por encontrar, cual Tom Swayer, a su Huckleberry Finn, ese compañero que, sin comprenderlo al principio, lo sigue por fe y diversión, como añadiría Serrano Plaja, para más tarde seguirlo ya por puro amor. Entender que Don Quijote juega es comenzar la aventura antes ya de leer. Ese día, en que por primera vez exponemos a otros al caballero andante de la triste figura, cruzar el umbral de la puerta en un aula cualquiera no puede ser la acción rutinaria a la que tanto nos hemos acostumbrado. Ese día, antes de leer en el libro la fórmula mágica que es "En un lugar de la Mancha..." Momo debe haber hecho acto de presencia, antes que ninguna otra cosa. Ni el profesor, ni el aula, ni los estudiantes debieran estar ahí, sino los otros, esos que hayamos acordado ser hasta que el grito metálico del timbre nos recuerde que, como en Alicia, acaso todo fuera un sueño.
"Yo no vi diamantes por ninguna parte, y se lo dije así a Tom Sawyer. Me constestó que, aunque yo no los hubiese visto, había cargamentos enteros; y me afirmó que allí estaban también los árabes, los elefantes y todo lo demás. Yo le dije que cómo podía ser que no los hubiéramos visto. Me contestó que, si yo no fuese tan ignorante y hubiese leído un libro que se titula Don Quijote, sabría a qué atenerme sin preguntar nada. Todo aquello era obra de encantamiento. Allí había centenares de soldados, elefantes, un tesoro, y todo lo demás; pero nosotros teníamos unos enemigos, que eran los encantadores, y éstos habían convertido todo aquello en una escuela dominical de párvulos, de pura malquerencia contra nosotros". (Huckleberry Finn).


