Sin embargo, el orden queda restaurado, en la película de Berlanga. Tras el paso del cortejo americano por el pueblo (sin dejar algo más que la indiferencia y el polvo provocado por los rápidos y modernísimos coches Ford), todo vuelve a su lugar y la fiesta flamenca se aletarga en el olvido. Atrás quedan las rejas en que cantar a las mozas, los patios y plazas con fuentes iluminadas, el aire neorromántico de una Andalucía de novelilla folklórica. El aire espartano y austero de Castilla se resuelve (y quizá por eso la película pasara la censura franquista) dejando tras de sí todo un ramillete de enseñanzas acerca de los sueños y la naturaleza humana, en tiempos de precariedad. El cierzo acaba por poner cada cosa en su sitio, y el ser humano, arraigado y reconciliado hasta cierto punto, se une con su propio entorno. Ambos, hombre y tierra, acaban por ser una misma cosa, una única naturaleza.
La diferencia que observo en Baudrillard es, aparentemente, notable. Su teoría acerca de la simulación y los simulacros nos lanza a un mundo inconexo y desarraigado. Un mundo pleno de realidades poliespán, multiplicado por la actuación de los medios de comunicación, principalmente. En el universo posmoderno, según Baudrillard, no habría ya originales ni copias, pues el simulacro anula la diferenciación entre uno y otro.
De nuevo rememoro Bienvenido Mr. Marshall. Y observo que la parábola, y hasta el poliespán de Villar del Río son, ante todo, un discurso político. Villar del Río no es la aldea andaluza que pretende simular, sin embargo tampoco deja de ser la meticulosa construcción, que se pretende mítica, de un pueblo burgalés (aunque la crítica de Berlanga contra la dictadura se esmere por escapar al cliché de una Castilla originaria, germen de lo hispánico). Bienvenido Mr. Marshall nos muestra la poderosa fuerza de la imagen cuando ésta deviene en simulacro, nos lega un sinfin de posibles interpretaciones acerca del filme, al tiempo que nos plantea una duda sobre la naturaleza de la simulación moderna y posmoderna.
En nuestra actualidad plagada de facebooks, twitters, flickrs y blogs (ese increíble y fascinante mundo de la web 2.0); de interacción con imágenes y realidades más o menos numéricas, en términos de audiencia; de derechos de imagen y de imágenes alteradas con photoshop; de mercado de imágenes que duplican y reduplican realidades que mueven montañas, conmueven la fe de los paisanos o remueven las vísceras de los revoltosos; de imágenes, en fin, que acaban por construir realidades poliespán que justifican discursos, ante todo políticos, con que armar la paz o justificar la guerra, o con que resolver cualquier crisis o gestionar a golpe de previsión (especulativa o no) la economía mundial, la conclusión no puede ser más evidente. No hace falta recurrir al ejemplo de los reality shows para concluir que Disneylandia no es el simulacro, sino su puerta de entrada. En realidad, y como en cualquier ficción borgiana, el terror se despliega al descubrirnos en ese hombre de Villar del Río que, bien frente a una exótica reja andaluza, bien trillando en las eras, es de por sí el simulacro.
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La maravillosa y formidable película Bienvenido Mr. Marshall,de Luís García Berlanga