Parece que no, pero hemos cambiado conforme el tiempo pasa. Uno se detiene a veces frente a objetos que le rescatan la memoria desperdigada entre tanta velocidad internáutica o simplemente suburbial. Y es entonces, al confrontar los recuerdos con lo presente cuando se muestran vívidas las diferencias que median entre nosotros y quienes nos precedieron. Todo este preámbulo para algo tan simple como decir que el otro día me acordé de mi abuela. Pero su recuerdo no es uno de esos que le asalta de improviso a uno porque a mi abuela la recuerdo con frecuencia y, sin saber muy por qué esa rememoración más o menos cíclica y cotidiana me confronta con lo actual y es ese acto el que me reconforta.
Si me atengo a las palabras de mi madre, independientemente de las oportunidades que tuviera o no (más bien pocas o ninguna), mi abuela prefirió el monte, al que se echó como una Marcela enamorada, al tiempo que su hermana de ojos azules sí aceptaba ir a la escuela. No me adentraré en detalles que no vienen al caso, pero sí matizaré que su vida fue dura, como la de tantas mujeres que enviudaran con hijos pequeños en la zona de las Encartaciones (en cualquier zona), "cuando la guerra". Malos tiempos en que la Historia nos maltrata y parecería una trivialización insultante de la realidad poder pensar siquiera en literaturas...
Pero pasemos una hoja temporal de muchos años, los suficientes como para que quien narra viniese al mundo. Y como para que aconteciese un milagro cotidiano, un sencillo gesto anecdótico con que el rumbo de una persona queda inscrito.
Con cuatro años la aquí escribiente había sido escolarizada en el parvulario y, debo decir, que pese a los juegos y las películas, así como la nueva estrategia educativa en la nueva España democrática, a mí todo aquello del colegio, francamente, me parecía un rollo soberano (a excepción, por supuesto, del recreo, invento perversamente adulto para recordarnos la distinción entre el ocio y la disciplina). También yo pensaba en el monte, y en eludir cuentas y letras inútiles.
Sin embargo, a los siete años, con una rapidez lectora simplemente modesta y una capacidad de comprensión del texto, también modesta, la magia obró frente al televisor y con mi abuela en su butaca azul cubierta con una suerte de tapete de lana que mi hacendosa prima tejiera.
Recuerdo exactamente el momento en que aquella tarde, tras la escuela, y tras una de aquellas interrupciones con que los aconteceres políticos nos destrozaban los discurrires argumentales de casi cualquier programa o película, la pantalla quedó monocroma, tan sólo salpicada por una cantidad de caracteres que hoy soy incapaz de precisar en número y que anunciaban algo importante. Sin pensarlo, sin advertirlo, me giré a mi abuela y le dije: "¿Has visto abuela?". Su respuesta fue tan contundente que ya nunca recordé el mensaje. “No”, me dijo. “No comprendo lo que dice, Moni, yo no sé leer.” Mi asombro no tenía límites. Todavía hoy me sobrecoge el poder extraño y maravilloso que entraña eso: saber leer y poder escribir.
Estas son las cosas que importan , gracias por tu comentario , espero que los niños de hoy recuerden mas a sus abuelos que a sus tamagochis
ResponderEliminarGracias por recordarnos las cosas que importan. Yo he conocido a una de mis dos abuelas, de noche a veces pienso quien se acuerda ya de ella. ¿ Y mi otra abuela?, un libro sobre la guerra civil me hace pensar en buscar su rastro, ¿qué fué de ella? ¿ qué hay de ella en mí?
ResponderEliminarMirémonos al espejo y descubramos a nuestros mayores!
Te animo a que busques información sobre tu abuela (yo debería hacer lo mismo con mi abuelo, al que mataron en el año 1937 y del que casi no sé nada. Es necesario recuperar el hilo entre nosotros y los que nos dejaron para saber quiénes somos y para saber hasta qué punto su ausencia ha podido determinar nuestras vidas. Como bien dices ellos o su memoria son un buen espejo en el que mirarnos, descubrirnos, y es una manera de mirar hacia el futuro, desde otra perspectiva, la del pasado. Creo que merece la pena recuperar ese cordón umbilical que nos seccionó aquella larga noche de nuestra historia.
ResponderEliminarEs fascinante arañar en los recuerdos, extraer melodías, perfumes, gestos...caras olvidadas,familiares pero difuminados y queridos rostros,de toda huella que hoy por hoy compone nuestro ser,nuestro destino y nuestra lucha,con la leve ironía de seguir avanzando,persistiendo en los años,sin poder resistirse a la atracción del mañana y a la vez, sujetando con las yemas de los dedos, el pasado.
ResponderEliminarMás que fascinante, imprescindible. Sobre todo para componer el puzzle que somos, ese crucigrama que siempre ambicionamos resolver. Estoy de acuerdo en que avanzar resulta algo "irónico", como dices, pues para mí es llegar al centro de uno mismo, algo imposible,pues aunque creamos ser siempre los mismos, no es así...Y eso es lo más fascinante (a pesar de lo esforzado e inútil del empeño). Es una opinión personal, pero creo que nuestro destino no es un puerto de llegada a algo o a alguien, sino siempre un punto de partida, precisamente por eso me parece tan importante el pasado, que como muy, muy bien dices "sujetamos con las yemas de los dedos". Muchas gracias por pasarte por aquí y dejar tu precioso comentario.
ResponderEliminarDe nada, potxolita...soy MªJosé...y como ya sabes, de vez en cuando me cuelgo en tu web para balancearme con tu recuerdo.
ResponderEliminarMi querida Marijose...
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