domingo, 10 de junio de 2007

Statu quo




Por rutina perdí amigos. Por la rutina mi media naranja hizo las maletas y me dejó colgada. El Imperio Romano se cayó de pura monotonía. La rutina siempre me ofrece un fin de semana y otro que se repiten desfacellidos, cansados, con el tiempo que va cerrando sus puertas una a una con promesas sospechosas: la comodidad de lo ya conocido, la ausencia de lo arriesgado, la plácida pereza que nos conduce a trillar por el mismo camino. Romper la rutina es siempre per se un punto de inflexión. Exige un rebelarse contra uno mismo, audacia, inteligencia, valor. Exige inventar, exige pensar, exige un arriesgarse ante lo nuevo, amor, generosidad. Y exige un compromiso. Y es que la rutina televisiva sólo puede conducirnos a la paz del sillón, a la seguridad de lo malo conocido, a la obesidad de quien engulle bulímicamente una cultura y un pensamiento precocinado y calentado apresuradamente en el microondas. Hay muchas cosas que un ser humano puede hacer a lo largo de su vida, unas más gloriosas que otras, más altruistas o voraces, más conformistas o rebeldes; todas ellas quedarán como el aceite sobre el agua, como un barniz reseco, si no se acomete la empresa fundamental: romper con el hastío, esa Calipso astuta, fiel y melosa que nos impide desperezarnos, levantarnos, mirar por la ventana y salir fuera.

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