domingo, 18 de febrero de 2007

La misma lluvia

Hace algo así como veinte años que tropezamos al doblar una esquina lúgubre de espacio estrecho y paredes húmedas. Y aunque el tiempo haya pasado, fíjate que esa encrucijada de destinos la tengo marcada con una crucecita en el calendario de mis primaveras. Que entre lunas y soles te encuentre de pascuas a ramos parece un milagro que irrumpe en mi rutina como los truenos que anuncian la misma lluvia, el mismo tiempo. El regreso a casa me exige la confrontación con mi alma en el fondo de la maleta y la resignación de unos ojos, que me saludan desde el fondo de un espejo veinte años cansado. Recolocar cada cosa en su lugar preciso obliga a emprender un acto heroico de memoria que casi siempre termina en esa misma esquina, marcadita con la cruz. Tú no te puedes morir. Eso sólo se le permite a los seres vivos. Lo sé porque lo aprendí de bien niña, cuando aún no conocía las bifurcaciones que se encuentran y se separan en las esquinas. Y porque tú no te puedes morir la lógica del tiempo transcurre en tus ojos de manera inversa a la mía. Siempre soñé vaticinios que lo anunciaban en el viento, pero nunca hasta hoy se produjo la sorpresa de encontrarte esta vez tú más joven y yo tan vieja.

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