viernes, 8 de diciembre de 2006

El hueco que eres (I)

Hablemos con propiedad. Para decir algo no sólo hay que saber decirlo, hay que tener una sustancia. Y hablemos con sinceridad. A estas alturas ya no le quedaba sino un aliento carrasposo que se disolvía en la oscuridad de cualquier taberna. Hablar de sí mismo en primera, en tercera persona. Esconderse tras los estilos para no contarse, para que no lo cuenten, para que la materia prima deje de ser historia y se vuelva vida. Como si cada palabra fuese un callejón posible en una inmensa ciudad discursiva, cada letra un hogar, cada coma un tropezón en la acera, cada punto y aparte, un cambio de rumbo, una decisión mal tomada en su momento que deja paso a otra más prometedora.

Para decir algo hay que tener el corazón estrujado entre las manos y extraer de él la tinta más indeleble. Pero hablemos en serio: la cuerda se le había acabado en el vaso mutilado por el lavavajillas de algún tugurio de cuarta categoría. Quizás en algún tiempo el vaso brillara, quizás el suelo del bar no fuese tan pegajoso entonces. Pero quien se acuerda. Los nuevos clientes carecen de memoria. Depositan los recuerdos en el hueco dejado en una sombra de ojos, en el pinchazo del sobrecillo chillón de un preservativo, en la banda arrugada del bonometro, salpicada de texturas harinosas.

Hablar desde el despojo. Desde un ceda el paso. Hablar para querer decir solamente “quedarse” o “volver a casa”. Quedarse para sentirse inadecuadamente integrado en el mobiliario mohoso. Volver a casa para recuperar el ser, que no es sino prolongación de una sempiterna inadecuación. Con ese espejo de la entrada que, maldita sea, siempre me recuerda quién soy. Como un reloj cristalino que a golpe de reflexión te indica cada latido perdido en el tiempo. Como una maldición mitificada que te arrojara de continuo al mismísimo infierno. El vaso envejecido que soy no es una salida. Es la constatación de una dicotomía irresoluble y absurda, una tautología miserable, que de tan pobre no posee sino la desnuda apariencia de un viejo malherido abandonado a la mala suerte de la barra de un bar.


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