"Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite." (El Lazarillo de Tormes, Anónimo).
Así pues, tal y como pregona el anónimo autor de El Lazarillo de Tormes, acérquense a escuchar, pues la cosa tiene miga. La historia que comienza tras el prólogo promete cosillas nunca antes conocidas, así que, aquí este pregonero adelanta que hará de todos público, a grandes voces, extremos escándalosos sin cuenta que a todos gustarán enormemente... Me río yo del Tomate y de la Salsa Rosa, que pasarán, como todo pasa, por lo efímero del televisor. Pero oiga bien. Esto que aquí se va a contar, es algo como ni se imagina. Y atienda más: será tan gordo que hasta el mismo autor borrará sus huellas y se esconderá tras el tupido velo del tiempo. Así 500 años pasen. Así que se escriban todas las tesis doctorales del mundo y se tiren abajo todas las paredes de las casas extremeñas, en busca de legajos perdidos que arrojen cualquier tipo de luz, incluyendo la de tugsteno.
Los escándalos se dan en este librito (que tiene visos de carta, pero de carta bomba) ya desde el prólogo en sí. Y se prolongan a lo largo de las páginas, que no son muchas, pero que cunden como si fueran el triple.
Empezamos por el linaje. Lo cierto es que nos podría interesar de dónde viene y cuál es la historia por la que llegó a nuestro planeta el bueno de Supermán. Para eso resulta imprescindible un primer episodio que nos de cuenta de los tristes hechos acacecidos en su lejano planeta Cripton y su adopción en una granja perdida en el interior de los USA por unos granjeros, los Kent. Pero un don Fulanito de Tal y Tal. ¿A quién puede interesarle su historia? Sin duda, a toda una sociedad pendiente de las limpiezas de sangre y los linajes sin tacha, allá por el 1500.
Lázaro de Tormes nos cuenta que nació allá donde prácticamente se le cayó a su madre de la barriga. Que por apellido tomó el nombre del río. Que su padre era un ladrón por cuyo oficio fue mandado a la guerra a luchar contra los moros, donde murió. Y que en el entreacto, su madre tiene relaciones extramaritales con un negro con el que acaba por tener un hijo, hermano de Lázaro. Hablamos de 1515 aproximadamente... Así que es lógico pensar, como se dice en el prólogo, que estas y otras cosas distraigan y entretengan a quienes las oye. Sobre todo si, como ya dijo Lázaro Carreter, muchas de las historias aquí contenidas eran familiares para el vulgo, pues venían de diversos relatos folklóricos.
Prosigamos. Después viene lo del ciego. El vino, los porrazos en la cabeza contra el toro de piedra, en Salamanca. Y a partir de ahí toda una suerte de desventuras, más que aventuras, en que este Lázaro se curte de la forma más cruel al servicio de sus respectivos amos. Palos, azotes, hambre y hasta posibles sodomizaciones dan una precaria imagen pública de este personaje cuyo relato toma forma de autobiografía, pero que, a la vez, contiene un destinatario concreto al margen de la audiencia general, un misterioso "Vuesa Merced", sobre el que, asimismo, tanto se dan de porrazos los críticos por descubrir. Pues ya casi en el final de la obra sabemos que está escrita para alguien que quiere conocer "el caso", que no es sino un asunto de cuernos.
La crítica ha abordado la cuestión desde todos los puntos de vista posibles: desde el lenguaje y el uso del sarcasmo y la ironía. Desde los análisis narrativos con líneas y esquemas que indagan en las relaciones entre ese yo y ese tú que son el protagonista Lázaro y el dichoso "Vuesa Merced", al que se dirige la obra, buscando documentos que aporten cierta información. Por supuesto, no han faltado la búsqueda de fuentes clásicas, ni las asociaciones ideológicas o filosóficas con los más heterodoxos, en concreto, con los erasmistas. Ni las reflexiones de una España retratada ácidamente a través de esos amos: caballeros sin un duro, ciegos que abusan y mienten, frailes que matan de hambre o fornican constantemente, etc.
Y digo yo. Que a falta de documentos, bueno sería el aporte de ingenio. Por ejemplo, imaginemos una ciudad, quizás la misma Salamanca, tan engalanada ella, y tan acostumbrada a los eruditos y sus pullas y lanzas, como a no prestar lo que natura no otorga. Aunque bien pudo ser en Toledo, pues la obra finaliza allí. Lo mismo da. Imaginemos uno de esos rifirrafes entre sesudos intelectuales (recuérdense las archiconocidas peleas entre Quevedo y Góngora, que entre endecasílabos y alejandrinos, encabalgamientos, metáforas, hipérboles, hipérbatos y demás ristra de figurillas, se insultaban despiadadamente con una crudeza que incluso hoy pone los pelos de punta).
Yo me imagino una de estas situaciones en que alguien conoce "el caso". Y que por conocerlo toma ventaja de una situación celestinesca, en que machacar al contrario. Imagino a un hombre escribiendo una novela que no es ni su autobiografía ni la ficción de la misma, ni tan siquiera una falsa biografía que en general pinta un cuadro de costumbres en la España de la picaresca y con tintes erasmistas, como para sanarla de algo de lo que no tiene cura.
Yo ya estoy viendo la mala saña de un tipo que piensa en ese sujeto que es "Vuesa Merced" y que escribe el sarcasmo y el vituperio de la biografía del mismo, en clave de baja estofa, (así como los aficionados al género pastoril inventaban arcadias en que sus propios conocidos, amigos y enemigos, se ocultaban tras personajes vestidos de pastores, tras Rosalindas y Nemorosos).
Y veo incluso al Vuesa Merced sonrojándose mientras, entre líneas, observa que ese ser caído de la barriga de su madre en el Tormes no es sino él mismo, a tenor de ciertos detalles en que los críticos no reparan ni repararán jamás (¿cómo podrían?). Y sobre todo, lo veo caer muerto de indignación al llegar a la última página y descubrir que las "malas lenguas, que nunca faltaron ni faltarán, no nos dejan vivir, diciendo no sé qué y sí sé qué de que ven a mi mujer irle a hacer la cama y guisarle de comer" al señor arcipreste de San Salvador, que para más inri, es amigo amiguísimo de "Vuesa Merced". Y lo peorcito de todo, pues ya en boca de tanta gente anda el chisme: que Lázaro-Vuesa Merced queda como un auténtico idiota al pretender que nadie lo sabe y andar diciendo cosas como: "Mirad, si sois mi amigo al que me hace pesar. Mayormente, si me quieren meter mal con mi mujer, que es la cosa del mundo que yo más quiero y la amo más que a mí, y me hace Dios con ella mil mercedes y más bien que yo merezco. Que yo juraré sobre la hostia consagrada que es tan buena mujer como vive dentro de las puertas de Toledo. Quien otra cosa me dijere, yo me mataré con él. De esta manera no me dicen nada, y yo tengo paz en mi casa". Y eso, a pesar de saber, antes de casarse, que la doña había parido hasta tres veces.
Arrastrado, cornudo y apaleado, para regocijo de masas ávidas de chismes formados a base de encadenamientos folkóricos con los que entretenerse. Si este cuento fuese cierto, y si la biografía de Lázaro de Tormes fuese en realidad una venganza, una más en la tan abundante cantidad de ellas en la obrita; si la tan analizada biografía del Lazarillo fuese, en realidad, un espejo deforme y deformante en que vituperar, enjundiar, difamar e insultar públicamente a ese misterioso Vuesa Merced, entonces, tendría sentido que quien parió semejante artefacto literario se pusiese no sólo a buen recaudo de la Iglesia y las autoridades, cuanto más de quien pudo darse por aludido. Esos 500 años de anonimato encontrarían aquí su plena justificación.
En fin, nada más que una historieta, un cuento al margen de las citas eruditas, un mero devaneo especulativo, una divagación en medio del verano. Un entretenimiento. Pero... ¿Y si fuese verdad?
sábado, 11 de julio de 2009
Por la presente, Lázaro de Tormes le escribe a Vuesa Merced, con motivo de un caso de... cuernos.
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Si fuese verdad en los tiempos que corren, el dinero buscaría al escritor y al señor importante. Se forrarían algunos medios de comunicación metiendo cizaña entre los dos, que también tendrían su tajada sin ruborizarse lo mas mínimo.
ResponderEliminarJa,ja,ja,ja. Bueno, no creo que en aquel tiempo la cosa fuese muy distinta, sólo que los medios de entonces no eran los mismos. Por algo ya decía Quevedo: "Poderoso caballero es don dinero". Y si esto hubiese sucedido hoy...Bueno, los pecadillos que se cuentan en El Lazarillo de Tormes hoy nos parecen, por fuerza, eso, cositas menores. La cosa está mu mala, mu degenerada. Ya les veo al anónimo autor y al Vuestra Merced dándose leñazos frente a una cámara de televisión, y a los televidentes muy despistados animando desde el sillón, mientras unos cuantos jetas bien forraditos se embarcan para las Fiji con la querida de turno. ¡Ay! Vamos, totalmente de acuerdo...
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