lunes, 24 de noviembre de 2008

Recuerde el alma dormida, avive el seso e despierte...

Poco a poco se acerca Diciembre. Un mes frío, pero delicado. En los días que siguen millones de almas iniciarán un proceso espiritual. La celebración del Adviento y la consiguiente llegada de la Navidad. La Navidad, además, es el comienzo de un nuevo ciclo. Con su celebración se abre la puerta del rito cristiano, cuya consumación tiene lugar en la Pascua. Minimizar la importancia grave del fenómeno religioso no parece muy sensato si se tiene en cuenta su dimensión histórica y cultural, su trascendencia e influencia directa o indirecta en la práctica totalidad de los seres humanos. Y así, hoy reflexiono sobre algunas características propias de la religión y trato de imaginar a un ser humano carente de ellas. Para ello me planteo cómo comenzar mi argumentación. Entre la pregunta y el relato, me decido por el cuento. Y además, tradicional. Vamos allá.
Hace mucho, mucho tiempo, más tiempo del que te puedas imaginar y menos del que te imaginas, en un lugar lejano, pero más cercano de lo que piensas, ocurrió un hecho insólito. Te lo voy a contar. Vivían las gentes de esta lejana región dedicadas a sus quehaceres, aunque nacían desde siempre con cierto grado de discordia entre sí. El rey y la reina miraban asombrados este fenómeno, que si bien no ensombrecía la buena marcha y disposición del reino, empañaba la posibilidad de una eterna prosperidad en un reino eternamente feliz. El rey, aficionado a encontrar causas y orígenes de cualquier cosa en probetas y astros, creyó hallar el motivo de la enemistad vecinal en un antiguo conjuro de raíces míticas. Y ni corto ni perezoso se decidió a combatir el temible maleficio, cual guerrero medieval. Sin embargo, tras meses y años de pruebas y experimentos en el sótano del palacio, llegó a la conclusión de que sus habilidades alquímicas eran tan torpes como sus audacias intelectuales. Y así, a golpe de cetro, declaró en su reino el olvido permanente y total, en beneficio de la armonía y la correcta conducta de sus ciudadanos. La reina lo miró escandalizada (cuentan las crónicas que pensó en pedir el divorcio, pese a la prontitud del período histórico en que se desarrolla nuestro cuento). Y así fue como una gran nube amnésica tiñó de un gris sucio el cielo del que ya todos comenzaban a llamar, fuera de sus fronteras, el Reino del Olvido. Al principio fueron pequeñas cosas. Y como todo provenía de un decreto reciente, la cosa no pareció ir mal. Los vecinos dejaron de pelear, mal que les pesara, y aunque tuvieran que aguantarse malamente las ganas de discutir lo hacían, so pena de ser castigados por la ley. Así, el monarca quedó complacido. Sin embargo, algo extraño sucedió, porque si bien los habitantes olvidaban intencionadamente, al poco tiempo, y dado su gran esfuerzo por cumplir el decreto, esto provocó que los recién nacidos comenzaran a mostrar síntomas de un olvido congénito de forma natural, con lo que no reconocían a sus propios padres nada más nacer, ni a sí mismos al mirarse en el espejo. Pronto se vio que al carecer de memoria sus capacidades intelectivas y cognoscitivas eran nulas. Eran individuos con cerebros vacíos, incapaces de aprender. Y todo se fue olvidando. Las rencillas, pero también al ser amado. Las perversiones, pero también las leyes. Al vecino se le olvidó, pero también al rey. El país entero cayó inicialmente en un caos global y pronto desapareció por completo, sumido en el más profundo de los silencios. Me pregunto qué sería de un cristiano que olvidase los diez mandamientos. Me pregunto qué ocurriría, en caso de que un 25 de diciembre, como en el cuento, nos levantáramos con el olvido en nuestras almas. Desaparecería la puerta del rito, la entrada al escenario religioso, ese componente no sólo espiritual, sino también cultural, y que llena gran parte de nuestras vidas. Si, como cristianos, olvidáramos, traicionaríamos mucho más que el mensaje que nos legó Jesucristo, pues mediante la reproducción y con-memoración de su última cena, en el rito de cada misa, lo recobramos a él, a pesar de la distancia en el tiempo y el espacio. Su olvido significaría una expulsión definitiva, no sólo de nuestro corazón, sino también de nuestra existencia y de nuestra realidad. Quedaríamos huérfanos del mito, pero también de una parte importante de nuestro ser: del legado de toda una cosmovisión forjada a lo largo de los siglos. Por tanto, concluyo que la memoria es importante. Recordar es importante. Porque el olvido nos deja desamparados y desnudos. Un conflicto, un desacuerdo, una discordancia pueden encontrar su resolución en la compasión y el perdón, (virtudes ambas muy caras a la religión cristiana) pero no en el olvido. El excesivo celo por decretar una suerte de damnatio memoriae, o condena de la memoria, podría hacer pensar a muchos en la posibilidad de que la culpa sea susceptible de enmascararse tras el disfraz de una mediación bienintencionada, y pone en duda la solidez democrática y tolerante de algunos discursos que se leen y escuchan con cierta regularidad. Finalmente, uno se pregunta por el significado exacto de la palabra “transición” y si la idiosincrasia de lo español ya no puede quedar definida y reafirmada más que por reconquistas, expulsiones, exilios. Si toda reconciliación debe pasar necesariamente, como en el cuento, por el silencio y el olvido.

5 comentarios:

  1. "Porque el olvido nos deja desamparados y desnudos".
    Asi es...lapidante Y certera frase

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  2. Difícil dilema el que planteas.
    La memoria nadie la quiere perder pero.¿Quién no desea olvidar algo en su vida?

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  3. Tenéis toda la razón "Tiramillas", la memoria tiene una doble cara en la vida de cada uno.
    Tan solo la selección que nosotros hagamos de ella, nos permitirá esbozar una sonrisa o dejar escapar una lágrima.

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  4. Pues como estamos en Adviento, de cuento a cuento, leemos cada día "El misterio de la Navidad" de Jostein Gaarder, que contiene una historia por cada día del calendario desde el 1 de diciembre al 24, para mantener la magia, para recuperar la infancia, para disfrutar y no perder la memoria.
    Recordar es construir, ¿Cómo reconstruirnos desde la nada?

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  5. Sorstalanság Kertész Imréről.
    O lo que es lo mismo:
    Sin destino, de Imre Kertész.

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