Para aquellos tres
que casi como magos,
pero sin ser los reyes,
me enseñaron
a ver más allá
de mi nariz.
Por órden
cronológico:
Y; Á y á.
pero sin ser los reyes,
me enseñaron
a ver más allá
de mi nariz.
Por órden
cronológico:
Y; Á y á.
Bastián, ese niño regordete de once años, se adentra en la librería en la que Karl Konrad Koreander conserva el más maravilloso de todos los libros: La historia interminable. Pero la historia, esa sucesión especular de mundos paralelos, comienza ya desde su prólogo (y me atrevo a decir que desde sus tapas).
Hace años tropecé con una antigua versión de la obra de Ende en húngaro y me sorprendió lo que se me antojó un atentado censor contra la libertad literaria. Algún editor celoso de las buenas costumbres y la recta lectura había decidido colocar, en plena era de orbitaciones soviéticas, el cartelito de la tienda de Koreander del revés, es decir, del derecho. Decía literalmente, si no recuerdo mal algo así, y en húngaro, claro: "Antikvárium. Korándi Károly Konrád". Con esa simple manipulación del orden del texto original, el editor, desde mi perspectiva, no sólo insultaba la inteligencia lectora, sino que destruía por completo la esencia del libro.
Años más tarde encontré una edición en Alfaguara cuya portada reproducía el cartel de la peor película jamás concebida para niños, y de nuevo sentí una enorme y penosa frustración. Allá donde voy me encuentro con portadas de mayor o menor originalidad, a cada cual más variopinta, y todas auténticas traiciones al autor, en un libro que sólo puede tener una y sólo una portada posible.
¿Por qué? Quiero decir, ¿por qué lo hacían? ¿Por qué, de hecho, lo hacen?Imaginemos, por un momento, que un día nos tropezamos con un conejo blanco (hecho, sin duda, del todo habitual) que, presuroso e inquieto, corre veloz para no llegar tarde, al tiempo que observa desesperado ese tempus fugit en el movimiento implacable de las manillas de su reloj...
Alicia sigue al conejo y nosotros, los lectores, los perseguimos a ambos a través de sus huellas más visibles, ese rastro construido a partir de un sujeto, un verbo y un predicado. Al principio, nuestros ojos tropiezan, más que ven, con esas pulgas oscuras que son las letras. Leemos. Una "u" con una "n" con una "a" conforman la palabra "una". Y todo es como adentrarse en una cueva desde el exterior soleado: no se ve nada.
Para dejar de "leer" y ver a Alicia y al conejo siempre hace falta un estado transitorio, una suerte de malabarismo mágico que nos haga cruzar el umbral a esa dimensión maravillosa que es la historia, el cuento. Y lo mismo ocurre cuando deseamos volver a nuestra realidad de las cosas tangibles, a menos que, como Julio Cortázar, salgamos del enredo de las frases como del vertiginoso ascenso por una escalera, "con un ligero golpe de talón" que deje personajes y devenires encerrados a cal y canto entre la cubierta frontal y la trasera, enmarañados todos en sus páginas de papel, de las que no se moverán hasta el momento en que abramos el libro.
Con Alicia cruzamos ese umbral entre nuestro mundo y el de lo fántástico a través del agujero por el que descendemos a la madriguera del conejo: "Alicia no sufrió el menor daño, y se levantó de un salto. Miró hacia arriba, pero todo estaba oscuro. Ante ella se abría otro largo pasadizo, y alcanzó a ver en él al Conejo Blanco, que se alejaba a toda prisa" (Alicia en el País de la Maravillas).
Y es que el mundo se vuelve otro cuando lo acariciamos tiernamente con un tradicional y, aparentemente inofensivo, "érase una vez". Esa figurilla retórica nos permite instalar un mundo con leyes propias en que escritor y lector juegan. Y desde este punto de vista hasta Caperucita roja se vuelve un punto subversivo, pues no hay otro ejercicio más libre que el de imaginar.
Bien mirado, el cartel de la librería del viejo Koreander no sólo no está mal puesto, sino que nos advierte de manera explícita a nosotros, los lectores, de las reglas del juego, al tiempo que nos sitúa en la perspectiva correcta, pues quien mira el cartel y lo ve del revés sólo puede estar DENTRO de la tienda de Koreander.
Más adelante, confirmaremos nuestras sospechas al descubrir que nuestro libro, ese objeto físico que apretamos entre nuestras manos es EL LIBRO, claro, siempre y cuando los censores y los editores de turno no se inmiscuyan y rompan la cadena que une a lector y escritor por magia literaria...
Afortunadamente, esta es una historia con final feliz, y un día pude comprobar cómo Alfaguara le devolvía a La historia interminable (y a todos nosotros) su libertad y dignidad de obra literaria, al cambiar el diseño de su cubierta y respetando, así, no los criterios comerciales, sino los suyos propios, los que posee como obra total y completa, desde la tapa hasta la firma del autor, en su última página.
Otro día hablaré más, pues el post se alarga en exceso, y será hermoso descubrir la increíble, pero maravillosa y cierta historia que unió para siempre a Momo y a don Quijote, en medio de una tormenta... Pero esa es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión...
Lo corriente es que el autor no intervenga en los diseños de las portadas, que se hacen siguiendo criterios diversos, normalmente relacionados con la edición y el público a la que se dirige. No es lo mismo una edición completa destinada a un público adulto, que una versión para niños de 11 años; también influye el hecho de que sea una edición de bolsillo, o una ilustrada, etc.
ResponderEliminarEn ocasiones, desconozco si este el caso, el autor impone criterios muy claros en cuanto al diseño de la portada, porque entiende que juega un papel importante en la obra. Yo creo que aquí, en efecto, la portada apropiada es la de última edición de Alfaguara, que guarda una unión perfecta con el espíritu de la obra.
El resto, hay que verlas en su contexto, y creo que seguirá siendo así mucho tiempo.
Por cierto, menudo lavado de cara que le has pegado al blog. Esta chulo!
Bueno, realmente el autor especifica claramente, en la propia historia y desde las primeras páginas, cómo es el libro que Bastián lee. Lo que ocurre es que ese libro que se está describiendo es a la vez el propio libro que tú estás leyendo. Ese es el juego de espejos entre realidad y ficción que propone Michael Ende. (Acabo de cargarme la sorpresa...Pero bueno).Para mantener este juego, que es algo más que un mero juego, también hizo que esas dos historias cruzadas que se pretenden real (la de Bastián) e irreal o fantástica (la de Atreyu, el héroe del libro que él lee que es el que tú también lees...) están diferenciadas cromáticamente, una escrita en rojo y la otra en verde. En las ediciones de bolsillo también se ha llegado a eliminar esto.... Romper esta estética es grave porque equivale a romper la cadena en la que tú como lector estás incluido, a cargarse de plano la filosofía del autor y la parte más recreativa del libro... ¡Ah! Gracias. Me alegro de que te guste el lavado de cara, es que ya le tocaba un poco...¡¡¡Gracias por el comentario!!
ResponderEliminarLa premisa fundamental para la portada, incluso para el título de un libro, que no siempre respeta el elegido por el autor, es que impacte, que se haga ver entre todos esos otros libros, y de un tiempo a esta parte, todo tipo de objetos que intentan atraer nuestra atención desde las librerías, centros comerciales...
ResponderEliminarPara captar la magia de esa portada que describes, y adelanto que estoy de acuerdo contigo, uno tiene que ser un poco niño, tiene que tener ganas de jugar, curiosidad, amor por los libros, ya que será el reto sutil de esa portada, o el nombre del autor, que ya figura entre sus favoritos, el que le lleve a buscar y comprar el libro.
Pero como editores y editoriales no nos consideran inteligentes, eligen por nosotros aquello que nos va a gustar, robando la magia, mutilando los guiños del texto..
Los libreros se quejan del poco tiempo que aguantan los libros en la estantería, los lectores buscan novedades, todo va cada vez más deprisa, los ladrones de tiempo tienen el maletín cada vez más lleno, y por eso es gratificante que alguien se pare a pensar en la coherencia de un libro. Gracias monikita nipone
Hablando de portadas, me encanta tu nuevo look, lo veo limpio, deja espacio para pensar, jugar, y hasta para enrollarse....